miércoles, 20 de octubre de 2010

Ruta de bares de cerveza a Euro en Zaragoza

Ruta de Cervezas a Euro en Zaragoza



Apreciada Editorial Ibérica, me dijo a ustedes dentro del plazo establecido para la realización de este encargo. Debo manifestar, en primer lugar la perplejidad con la que este equipo de trabajo recibió la propuesta. Dejar a nuestra elección los dos siguientes temas de la serie de informes sobre rutas urbanas, nos situó al borde de un abismo de dudas que tratamos de encarar con valentía y decisión. Al recapacitar por separado, el Bolilla y un servidor generamos una tormenta de ideas que sólo oscureció más el panorama. Llovieron tortillas, encurtidos, tiendas gourmet y de barrio, grandes Centros Comerciales y mercadillos, catas de vinos, aceites y chocolates. La lista se incrementaba de la mano de nuestra confusión. Así que nos decidimos por realizar un proceso selectivo sistemático, en el que un criterio guiara la búsqueda. Decidimos elegir las rutas según su originalidad. Como en el encargo se hablaban de dos rutas buscamos el fenómeno más clásico y el más novedoso de entre los fogones zaragozanos. Los afortunados fueron, como tradicional las croquetas y como contemporáneo las cervezas a Euro. Es con este producto con el que vamos a comenzar los informes, dejando para el siguiente el de la preciada crema bechamel enriquecida y rebozada.



La primera necesidad que exige la ruta de bares con oferta de cerveza a Euro es explicar al lector cómo este fenómeno se está extendiendo como ondas en el agua desde el mismo corazón de Zaragoza. Un establecimiento, nada clásico por otro lado, como es La Bodeguilla en la calle San Jorge inició hace unos meses una nada corriente campaña. Se trataba de ofrecer botellines de una marca holandesa de cerveza al precio de un Euro. El resultado fue el esperado en tiempos de crisis. Se llevó poco a poco la clientela de los locales vecinos, incluso de los que tenían mucho más renombre. En estas el mecanismo capitalista se puso en funcionamiento con una rapidez que dejaría orgullosos a Adam Smith y David Ricardo. La competencia actuó y el resto de bares se han ido apuntando desde entonces con diversas variantes. Distintas marcas de cerveza, distintas medidas: quintos, tercios y hasta de medio litro se sirven hoy en las barras de estos establecimientos a un ritmo delirante, mientras que el proceso expansivo continúa llevando nuevas ofertas en locales donde antes hubiese resultado impensable. El beneficiado es ahora el cliente, que con el mismo presupuesto que antes consume en estos momentos una cantidad mayor de fermento de cereal.



Otra consideración que es justo ofrecer al lector es la de que nuestro espíritu nada comercial nos impide citar las marcas de la cerveza servidas en cada una de las paradas del recorrido. Sí lo haremos con las medidas, las condiciones y los bocados con los que podemos acompañar las bebidas, pero no nos parece justo hacer el juego a grandes grupos empresariales que no están dispuestos a compensarnos en concepto de publicidad.

La última advertencia que el Bolilla y yo queremos hacer la visitante es la de la inmensa comodidad que ofrece la realización del recorrido. Debido a la expansión en forma de Big Bang del fenómeno, el conjunto de bares que se han apuntado a la oferta se encuentra a una distancia mínima entre sí. No más de trescientos metros deberá recorrer a pie el caminante que se interne en la ruta. Buena característica, esta de la cercanía, que conviene al lector no iniciado, ya que el Bolilla, que es buen calculador, ha hecho una estimación matemática de la cantidad de líquido que ingerirá alguien que lo haga completo. En torno a tres litros de cerveza se alojarán en el estómago del viajero en este breve peregrinaje. La cercanía entre bares favorece en dos aspectos a la ruta. El lector no se perderá en callejas y direcciones complejas, pues los establecimientos son en muchos casos casi vecinos. Además un efecto universal del consumo de tal cantidad de líquido, observado en hembras y machos de cualquier especie animal, es la necesidad de micción que provoca. En general son locales con amplios y limpios cuartos aseos, y las distancias cortas en la que se encuentran los cerveceros locales, impiden que el lector tenga que verse en la situación horrorosa de verter sus orines en la calle, cual can incívico.



A modo de cortesía, mi fotógrafo y yo quisiéramos hacer una presentación. Se trata de una presencia que en esta ruta estará muda, pero como la necesitaremos como artista principal en la de la croquetas, de futura realización, queríamos que se fuese familiarizando en el proceso. Su nombre es Romina, rumana de nacionalidad, propietaria de un bar en la zona y cocinera y camarera de oficio. Ostenta la virtud de ser la mejor amasadora de croquetas de ciudad y nos ofrecerá su valoración y secretos de las mismas en la siguiente ruta. Así que en silencio nos sirvió de apoyo y compañía en las tres veces que hicimos el recorrido para comprobar que es fácilmente realizable, y nos parece incluso saludable su recorrido (por lo de la eliminación de toxinas que provoca el desalojo masivo del dorado líquido). A la salud y a modo de agradecimiento queremos dedicar a Romina, nuestra fiel compañera, la publicación de este informe.



El recorrido lo comenzaremos desde el corazón geográfico e intelectual del fenómeno: La Bodeguilla antes citada. Antiguamente se trataba de un establecimiento que se ganaba las lentejas gracias a la realización de fiestas cerradas que por otro lado, al impedir la entrada a los no invitados, impedía la asistencia de una clientela fija que avalase su reputación. La otra actividad destacable del local es el visionado de varios partidos de balompié semanales que llenan el interior del mismo, generando un ambiente cargado y un olor a testosterona desagradable al cliente fino. Desde el inicio de la oferta de botellín a Euro el panorama cambió. Ambiente continuo y diario, movimiento de alegres jóvenes, grupos de amigos colman de botellines vacíos las mesas del interior y las de la terraza. Ninguna bebida distinta se expende desde la barra y aunque ha habido un intento de ofertar tapas para acompañar las bebidas, éste ha sido infructuoso. Un fracaso, vamos, provocado por la baja calidad de las mismas. Únicamente destacar, antes de terminar con la crítica, una nueva iniciativa originada desde el mismo bar que inició la oferta cervecera. Se trata de la promoción de cubatas de primeras marcas a, ojo, tres Euros y medio. No sabemos aun el alcance de esta propuesta, se mantendrá al corriente al lector amante de combinados y derivados.



No iremos muy lejos ahora. Tras degustar el botellín original pasaremos al local de al lado, en la misma calle San Jorge, donde en comodísimos asientos y en un ambiente más despejado y acogedor, podemos catar botellines de otra marca pero del mismo color y país de origen, Holanda, que la anterior. El único inconveniente de este local llamado Balcón de Luna, es la actitud del dueño y camarero, que parece mirar con distinto aprecio al cliente de a Euro y al que solicita productos de precio superior. Habría que explicarle que si alguien desprestigia el servicio de bebidas con bajos precios, cosa que no pensamos que ocurra, será el dueño que oferta y no el cliente que demanda. Si no le gusta la idea siempre tiene la posibilidad de volver a precios avaros y local vacío que antes regentaba. Nada destacable para acompañar la bebida, aunque si no pides la oferta, el dueño tiene la fea conducta de regalar rancios cacahuetes, como recordando al cliente de Euro la baja estopa a la que pertenece. En fin todo sea por la fría y gustosa cerveza que sirve el malcarado.



Podemos seguir la calle San Jorge hacia San Pedro Nolasco hasta llegar al Dolche Café, el bar de las dos mentiras, ni es dulce, ni sirven buen café. Lo destacable del local es la ausencia total de nada comestible pero se trata del único de toda la ruta en el que la cerveza es de barril, aspecto que el lector agradecerá en nombre de la presión de la rubia bebida. Local atractivo con aire de club clásico de alterne o señorial güisquería con presencia de buena música, que hace más agradable la ingesta.



Volvemos a la calle Don Jaime para encontrarnos, a lo largo de la misma, las siguientes cinco propuestas, de muy distinto orden. Bajo el nombre de Cafetería Imbyss encontramos un local excesivamente iluminado y siempre cargado en su ambiente. Variopinta la clientela abarca un amplio abanico desde abuelas untando churros recién fritos en larguísimos chocolates y cafés con leche, grupos de currelas cruzándose inabarcables bocadillos de tortillas variadas, trajeados que saborean cafés y pinchos con cuidado de no llenar de lamparones de grasa su indumentaria, mamas de cortado y cotilleo tras dejar los niños en el colegio y ya con los carros de la compra aparcados junto a la entrada, incluso jubilados lectores de periódicos, que se pasan los diarios en un orden jerárquico de difícil comprensión, y pasan largas horas apurando una única consumición. Pues es en este ambiente, donde reina la fritanga, pero de calidad, donde ha irrumpido la oferta de un Euro el botellín, incrementando la ya extensa factura de clientes que concurrían allí.



No muy lejos, en el otro lado de la calle nos topamos con la Sidrería Artxueta. Local que se está afianzando en la zona. Tiene una larga barra de desiguales tapas de tipo vasco (llamadas pintxos en el norte) y se supone que la especialidad sería el servicio de sidra. El asunto es que se ve que el, en otros sitios sobrevalorado, fermento de la manzana no acaba de encajar en el paladar zaragozano y ha obligado al establecimiento a adaptar su oferta de bebidas con los botellines a Euro que hoy nos ocupan.



Si en las últimas dos apuestas hemos recomendado sus tapas, bastas y generosas las primeras y delicadas y rácanas las de autor, en la siguiente recomendación el lector debe demandar raciones. Uno de los locales que las tienen en mayor variedad y calidad de la ciudad: Cervecería El Cierzo. Bandejas con productos recién salidos de la cocina servirán de excelente acompañamiento a los botellines, uso bien el plural, que el viajero pedirá sin duda. Si por la hora de la visita urge ingerir algo más que una ración para compartir, se debe indicar que la carta de carnes (chuletón, solomillos y chuletas de ternasco desfilan sin cesar entre las repletas mesas) es rica y su precio admisible para nuestros tiempos de crisis.



Seguimos remontando la calle y nuevo cambio de acera para llegar a la Cafetería New Orleáns, donde un deprimido local que sirve a grupos de viudas sus dulces brebajes vespertinos acompañados de una bollería no siempre joven. De todos modos el Bolilla, que es un sentimental ha querido introducir este establecimiento en la ruta para premiar el intento que los dueños hacen por cambiar la rutina mortecina del mismo con la introducción de las cervezas a Euro. Si optó anteriormente por el chuletón, aquí puede tomar el café antes de seguir con la ruta.



Al salir de este bar; y gracias a Romina, que nos impidió saltarnos nuestro siguiente local, pues nuestra compañera demuestra cada día que tiene mayor tolerancia al alcohol que nosotros, que no la tenemos pequeña; y entrando en el siguiente portal llegamos a un clásico, Caball, donde tapas y cervezas combinan desde hace años en un ambiente de clase alta tradicional y ejecutivos de despacho de la zona. Debe haber afectado la crisis a todas las esferas, pues bajándose del burro y de los precios por las nubes, han incluido toda una serie de fórmulas, descuentos, ofertas, platos del día, etc… donde esta elite social abreva ahora con mayor dispendio. No se asuste el futuro cliente si ve el bar demasiado lleno para entrar, pues cuenta con un gran salón interior difícil de llenar.



Llegando al final de calle, el viajero cruzará el Coso para penetrar en el calor de Doña Tapa, siguiente local con cerveza a Euro del recorrido. Contradiciendo a su nombre, el nivel de tapeo no es elevado. Bocados nada vistosos, nada frescos, nada imaginativos ni suculentos se proponen desde la barra, y raciones escuálidas desde la cocina. Así es que la recomendación es beber a palo seco sin dejarse engañar por el atractivo color blanquecino de una prometedora pero insípida mayonesa que todo lo cubre.



Desde la Plaza de España nos adentraremos en el Tubo, donde aun no abundan estas ofertas. Lo más parecido a ella, y por qué no decirlo, incluimos porque nos da la gana a Bodegas Almau, que además de contar con la más rica propuesta de vinos, siempre en buenas condiciones de conservación, de la ciudad; una barra con tapas de una dignidad poco habitual ya en la zona; precios razonables en todos sus productos; ambiente bueno, respirable y de una elegancia sin parangón entre la chabacanería hoy imperante, la taberna se descuelga de los vecinos precios con la oferta de botellín de tercio de cerveza local (la mejor de la ruta a años luz) a Euro veinte. Imperdonable pasarlo por alto.



Terminaremos la ruta con bar sin mucha ambición, pero resultón. En la vecina calle Mayor se encuentra el Dolce (no confundir con el anterior Dolche). Bajaremos a las profundidades del local, mono en su decoración y ambiente, con pretensión nocturna que no termina de cuajar (hay propuestas en ese campo mucho mejores en su entorno). Así, valorando su intento de introducir la cuestión ahorrativa y de low cost huyendo del olor a fritanga, incluimos esta propuesta donde termina la ruta por los bares económicos de Zaragoza.



Los tres autores de la ruta queremos agradecer, especialmente al negocio que comenzó con este fenómeno, a los bares citados sus ofertas, que facilitan que las gentes humildes puedan alternar en ambientes dignos en esta época de tristezas económicas. Las amistades se fortalecen en estos lugares. Testigos de ello, los tres autores nos fundimos en un largo abrazo, en el que se juntaron nuestros vientres, ya hinchados por los nueve litros de cerveza que sumábamos entre nosotros. Citándonos el trío para la futura ruta de las croquetas, que por lo visto está causando una expectación tremenda entre los lectores, nos despedimos, como ahora lo hacemos de todos ustedes.

Salud para todos y ojalá la sed y la soledad sean saciadas por nuestras humildes propuestas

viernes, 15 de octubre de 2010

Dulces y pasteles en Zaragoza

Dulces y pasteles en Zaragoza



Estimada Editorial Ibérica, les envío el último encargo que he recibido a través de mi agente informático y vecino del piso de arriba. Antes de comenzar con el artículo me es preciso hacerles unas aclaraciones a ustedes y otras referidas al público y lectores futuros del mismo.



En lo referente a nuestra relación profesional, me gustaría solicitarles, pues creo que he demostrado suficientemente mi lealtad al proyecto, información acerca de lo que se está haciendo editorialmente con los informes que les envío. El interés va más allá de aspectos de cotilleo, pues creo que conociendo el formato utilizado y el público al que va dirigido, podría adaptar mejor el lenguaje a los lectores. No es lo mismo el público español que el foráneo, del mismo modo que el sector de población al que va dirigido sería una indicación clave para la orientación literaria. En fin, dejo a ustedes la decisión de ofrecerme dicha información o mantenerme en la ignorancia de la misma como han hecho hasta el momento. Por otro lado querría advertirles que estoy totalmente de acuerdo con seguir incluyendo el material fotográfico en los informes que me solicitan, pero tengo una petición en nombre del gran profesional que es mi compañero el Bolilla. Me dice que les transmita su deseo “inalienable” de cobrar dietas por cada día trabajado, “en negro, eso si” me aclara, pues por lo visto cobra una paga de jubilación, que se vería comprometida con el cobro. Creo personalmente que el tipo lo merece, pues su labor es definitiva para el éxito de los reportajes elaborados hasta la fecha, y podría seguir siéndolo en los futuros.



Por otro lado debo advertir unas ideas previas sobre el asunto tratado hoy. Establecer para Zaragoza una ruta por sus dulces y pasteles principales es una tarea ardua y difícil si no se tienen directrices claras, como es el caso. Por ello he sido yo y según mi criterio quién ha establecido los parámetros en los que vamos a movernos. Voluntariamente he decidido excluir de la ruta todo tipo de establecimientos de los que podemos considerar restauración clásica, pues éstos dan para una buena futura ruta por sí mismos. Así que el lector no encontrará bares, cafeterías ni restaurantes en el recorrido propuesto. Además se debe tener en cuenta que, debido al tema tratado, sería imposible el consumo de los diez productos en una jornada sin riesgo para la salud. No hay cuerpo humano que resista tal cantidad de azúcares, así que el objetivo global cambia respecto a rutas anteriores. La idea sería la de ir completando una cesta con cada uno de los productos propuestos, más allá de que se haga imprescindible su cata. La cesta quedará colmada con las propuestas con la idea de que un posible visitante se lleve a su tierra lo más dulce de la nuestra y lo pueda compartir con quien quiera que le espere por ahí, familia, amigos o compañeros de trabajo. Por último y para desesperación de mi fotógrafo el Bolilla es sabido que el dulce es un producto de difícil maridaje con vinos y cervezas, pero eso no impedirá los consejos sobre su acompañamiento con otras bebidas espirituosas. Licores, vinos dulces y rancios, anises y otros brebajes irán apareciendo junto a las dulces y empalagosas propuestas.



Por último, y para ser justo, debo añadir algo que no pasará desapercibido a ningún amante del buen dulce. Hay unas cuantas ausencias que sería necesario justificar, para que el lector no considere tales como olvidos o fruto de una falta total de criterios gastronómicos. Ninguna lista de pasteles y dulces del mundo podría estar completa sin dos invitados de honor: el croissant y la tarta Sacher. Ambos no aparecen en la lista Cisco-Bonilla por una razón de peso. No hay en la ciudad ningún establecimiento que los tenga de calidad suprema. Es tanta nuestra devoción a los mismos que preferimos obviarlos a recomendar su consumo a regañadientes. Otras ausencias notables son las de los bombones y los productos navideños, pero las razones son diferentes, casi opuestas. Es tan alta la calidad y variedad de estas categorías que casi es posible sentirse por momentos en una ciudad belga con olor a cacao  o en el mismísimo Alicante, Meca del turrón, al que igualamos, mazapán, con el que podríamos llegar a competir y una creación local de gran interés como es el guirlache. Así que con tanto nivel hemos creído necesario elaborar futuras rutas particulares para estos productos. Por último y sin más justificación que la puramente estética, hemos eliminado toda alusión a productos locales y tradicionalistas como son los afamados adoquines de caramelo (nada menos que con letras de jotas impresas en su envoltorio interior cual huevo Kinder), o las frutas de Aragón, conformadas por un alma de fruta escarchada cubierta de cobertura de chocolate y presentada en unas horribles cestitas de madera, por cierto a precios de bombón Mozart salsburgués.



Sin más comenzamos el camino, pero no me gustaría comenzarlo sin la consideración inicial que a modo de advertencia me hizo mi fotógrafo y colaborador sobre el tema de los dulces.

- Comerse un pastel a palo seco no es una opción digna para un hombre digno, pero terminar cualquier gran comida sin él, no es opción sabia para un hombre sabio-
                                                          
                                                                                                          El Bolilla


Comenzamos nuestra larga propuesta con la hoy por hoy es la estrella de la repostería zaragozana que, paradójicamente, tiene sus orígenes fuera de su geografía: la Trenza de Almudévar de La Tolosana. No hay otra, no se deje engañar con subproductos lejos de su categoría. La trenza debe llevar sus sellos de autenticidad, pero lo definitorio es su sabor y textura. Como un tesoro en un cofre azul surgirá ante su mirada un lingote de color dorado amarillento. Mantequilla, yema, frutos secos, almíbares serán los sabores dominantes en una masa tierna, jugosa y de agradable textura untuosa. Incluso la vista se deleitará con esta maravilla, pues el juego de brillos conseguido con una lenta y precisa cocción asalta al comensal antes de que lleguen los arrebatadores aromas y sabores. Poco se puede añadir salvo recomendar su adquisición en la propia casa principal de la Avenida de Goya, para evitar fraudes y fechas de caducidad ya cumplidas, lo que sería una tragedia y ocasión perdida para deleitar su paladar.



Del mismo modo que la primera, la segunda propuesta nos llega de la provincia vecina de Huesca, pero en este caso de su capital. Se trata del Pastel Ruso de la Pastelería Ascaso. Podríamos haber elegido otro pastel de dicho establecimiento, pero el aspecto casi lujurioso de muchos de ellos los hacen desechables para un recorrido que tiene como criterio el carácter popular. Una palabra define al pastel en toda su grandeza: cremosidad. ¿Cómo conseguir la sensación de extremada finura en una crema elaborada con frutos secos? El proceso de tamizado de la harina es un secreto bien guardado por los autores de la obra, así como la composición de un azúcar a modo de cobertura de una ligereza sin parangón. Una advertencia antes de su consumo es obligada. No parta porciones del tamaño considerado normal, sino más pequeñas, pues la ligereza y poca contundencia aparente, se tornan en poderío y efecto saciante cuando el alimento llega al paladar.





Ambas propuesta, trenza y pastel deben ser acompañadas de un licor preferiblemente amargo, que contraste con los niveles tan dulces de su composición. Un licor de almendras italiano sería su mejor compañero de viaje. En este punto destaco la controversia surgida entre esta propuesta alcohólica y la que defiende el Bolilla, mucho más armónico con los sabores y menos dado al juego de contrastes. Él preferiría acompañar estos dulces con anís de chinchón, pues la lluvia sobre mojado incrementa, a su parecer, la sensación buscada por la divinidad al ofrecernos estos manjares. Dejo la elección al gusto del lector.



Seguimos, ahora con propuestas más locales, aunque en este caso en clara relación con otras tierras, pues se trata de internarse en la Pastelería Los Mallorquines. Un clásico de la ciudad totalmente alejado de sutilezas como las vividas en los casos anteriores. Un largísimo mostrador dificulta la labor de elegir la presa, debido a la gran variedad de coloristas propuestas. Comienzo diciendo que lo más logrado del obrador es algo poco cuidado en otros establecimientos: la nata. De una blancura y ligereza sobrenatural. Vaporosa y nada excesiva en azúcar, se deshace en boca en una cremosidad lechosa que roza lo pornográfico. Así que la propuesta en este caso sería una ensaimada rellena de dicha nata y glaseada por fuera por un tamizado de azúcar, que se lleva a cabo delante de cada cliente. Un consejo personal. Unte una generosa porción de ensaimada con su correspondiente nata en un café con leche hirviendo, que funda el relleno antes de llevarlo a la boca. Es un pecaminoso acto que le llevará a otro nivel sensitivo.





Para clásicos de Zaragoza, el mayor de ellos lo encontramos en la parte central de la Calle Don Jaime: Fantoba. Siglo y medio sirviendo lujosas propuestas a la alta clase zaragozana. Clase alta, digo, que se puede comprobar a la vista de los precios. Sensación de ser asaltado que desaparece cuando el cliente lleva a la boca cualquiera de sus artesanos bocados. Mi preferido es sin duda, y para no alejarnos de la nata, el milhojas. Hojaldre muy cocido y sucesión de natas variadas en textura y cremas que reconcilian al hombre actual con el del Antiguo Régimen. Delicadeza que nunca debería perderse un visitante amigo del dulce fino.





Cerca de allí, pero a una distancia enorme en materia gustativa, nos encontramos con Chocolates Capricho, donde el trabajo artesanal de este producto produce unos resultados de difícil catalogación. No se conforma el obrador con alcanzar un nivel de lujo dentro de la ortodoxia chocolatera, sino que lleva el trabajo de la semilla del cacao a cotas de experimentación e innovación inalcanzables para una mente racional. Mi propuesta para el visitante tiene que ver con esta parte de la producción donde brilla la originalidad. Sería el lingote de chocolate con Petazetas. Sí, esos polvos pica-pica que explotan al contacto con la humedad de la lengua provocando pequeñas explosiones. Ya lo introdujo Ferrán Adriá en el Bulli, pero aplicado al chocolate con esta maestría vale la pena su degustación. Quizá el lector no sea amante de placeres tan violentos y novedosos, y sea incluso, como nuestro amigo el Bolilla, enemigo de tales propuestas. Aún así, el lector debe adquirir el producto, pues a buen seguro encontrará un alma mucho más juvenil que valorará la idea con espíritu entusiasmado.




En la calle de Méndez Núñez el visitante comprobará hasta que niveles, un horno artesano, es capaz de llevar la elaboración del hojaldre. Irregular y hasta feo en su composición. Se trata de la Pastelería La Almolda. Producto extremadamente dorado y brillante. Generoso en número de capas y dobleces. No será justamente valorado hasta que no sea catado en su forma de palmera glaseada. La combinación de la masa hojaldrada crujiente con su cobertura glaseada fresca y nada pesada, que siendo capa generosa no invade el paladar, ni oculta el ligero amargor provocado por el exceso mantequilloso y graso de la base del hojaldre, y los excesos de dobleces carbonizadas que nos deleitan a los amantes de los bordes quemados.




Si destacable es la labor de este horno no lo es menos el que encontramos en la Plaza de San Felipe. En el horno San Sebastián no es el hojaldre su labor más perfeccionada, pero cuenta con el mérito de dispensar el mejor bizcocho zaragozano. Hay quien adora untar dicho producto en leche a la manera pasiega, pero el Bolilla y yo preferimos la combinación más local de bizcocho con moscatel, producto que podrá comprar el visitante en el mismo horno. Aunque todos son destacables se recomienda adquirir una buena porción del bizcocho de huevo básico, lejos de cítricos, achocolatados o invadidos por frutos secos.









En el Coso podemos ver una nueva propuesta en un destacable escaparate. Los brillos de la yema de huevo azucarada conocida como Tocino del Cielo son asombrosos. Pero los alcanzados por las manos del obrador de la Pastelería Oro son inimaginables. No se deje engañar por otros vistosos productos del local. La rotundidad de la mezcla de yemas y azúcar es ajena al mundo de los humanos. El peso especifíco provocado por su tremenda densidad hace difícil predecir la intensidad y concentración de sabores, hasta que no se sostiene una pieza en la mano. Cuidado pues con el exceso. El acompañamiento de un buen aguardiente de café o flores, siempre muy aromático, ayudaría en la ingesta del preciado botín.





Retomamos la vena popular para acercarnos al Paseo Independencia. No por ser un local humilde, sino por la humildad de la propuesta que se hace desde esta preciosa pastelería: la palmera de chocolate. Atención a la advertencia. No se confunda con otras palmeras, no se trata de una simple merienda infantil. La cobertura de chocolate es digna de paladares exigentes. Para empezar se trata de chocolate puro e intenso, negro y duro en su composición. Agresivo en amargor sirve de cubierta a un hojaldre fino y delicado. Contraste entre frágil masa y cobertura dura y robusta como una coraza, harán las delicias de cualquier paladar. Establecimiento casi dedicado en exclusiva al producto en cuestión, sigue siendo un gran desconocido para muchos ciudadanos, pero a la vista está que los conocedores del secreto ya no abandonan su consumo jamás. Este ha sido el caso del Bolilla, que desde que le inicié en el mundo de esta palmera de chocolate negro, no abandona la costumbre de consumirla con grandes dosis de fuerte brandy en sus vespertinos paseos por Zaragoza.



-Calienta hasta el alma- Afirma a cada trago, seguido por un enorme bocado de hojaldre y chocolate.



Por terminar y como excepción, una recomendación de la que no podremos hacernos con nada para echar a la cesta. Esta vez será directamente al estómago. Pues el gasto energético del largo paseo por las pastelerías zaragozanas, se verá compensado con una buena taza de chocolate en la que iremos bañando de manera ortodoxa y al modo secular una generosa ración de churros. Se trata de un chocolate espeso, de los que aguantan en la taza si la volcamos. Su color es oscuro en contraste con la blanca loza que utiliza el local. Chocolates La Fama es una visita de obligado cumplimiento. Por su contundencia se recomienda hacerla al atardecer, con el estómago bien vacío. Si no es posible, el establecimiento nos ofrece la oportunidad de degustar el producto en tazas pequeñas (de las de cortado), lo cual, no nos saturará y a la vez nos permite degustar esta delicia. Es destacable el magistral uso de la leche entera, que conserva en gran proporción su materia grasa, no dejando apoderarse en el paladar el sabor rotundo de un chocolate con fuerte carácter. Juego de blanco y negro, espesura y claridad, leche y chocolate. Matices que harán gozar a quien se enfrente a ella. Churros recién hechos y sin azucarar, con corazón cremoso y de exterior crujiente, logrado gracias al magistral uso del buen aceite de fritura. Un único problema encontrará a buen seguro el visitante: encontrar sitio dentro para tomarlo con calma. El chocolate de la Fama no es precisamente un secreto para los zaragozanos, que acudimos a él cada vez que podemos y la línea lo permite, colapsando por largas colas el establecimiento. Un último consejo, la sed provocada por el manjar sería conveniente saciarla con un buen moscatel de Ainzón, que aunque parezca una mezcla extraña, provocará sensaciones extraordinarias en el más exigente de los paladares.



Aquí termina la ruta y el artículo dedicado al dulce y pastel zaragozanos. Por una vez, el fotógrafo y mi persona logramos terminar una ruta en estado sobrio. No viene mal un respiro, pues nuestros hígados, ya castigados por largas historias deberán estar bien preparados para filtrar futuras rutas por nuestra amada tierra, la zaragozana.
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