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domingo, 24 de abril de 2011

Arroz meloso a la cerveza con hongos y confit de pato (Yo maté a Donald III)

Arroz meloso a la cerveza con hongos y confit de pato (Yo maté a Donald III)

El juego de texturas fue la estrella, pero los aromas no se quedaron atrás


Receta de Arroz meloso a la cerveza con hongos y confit de pato

Montaje con patata y ajo confitados y crujiente de queso peccorino


Ingredientes (2 personas)

150 gr de arroz
Una lata de cerveza (33 cl)
Media cebolla
Medio pimiento verde
50 gr de hongos deshidratados (Boletus edulis)
Un confit de pato limpio de grasa y sin piel
25 gr de queso romano pecorino
Aceite de Oliva Virgen Extra
Una cucharada de pimentón de La Vera
Sal

Los boletus impregnaron de sabor terroso el conjunto


Elaboración

En primer lugar rehidrataremos los boletus en agua tibia para tenerlos disponibles en su momento. En una sartén con una cucharada de aceite pocharemos la cebolla y el pimiento cortados de manera muy fina. Una vez en su punto añadiremos los hongos cortados en pequeñas tiras y por último el arroz para que se empape del sabor de la verdura.

En Valencia dicen que el secreto
para el arroz está en el agua.
No lo compartimos


El truco para que la textura quede bien melosa es ir añadiendo la cerveza poco a poco a la vez que removemos en arroz para que extraiga todo su almidón, que será el elemento que ligue el conjunto. Con el primer líquido añadiremos el pimentón para que no se queme y amargue el plato.

Confit desmigado para que se integre

Cinco horas confitando


Cuando ya casi esté el arroz añadiremos el confit, sin piel ni grasa, desmigado con los dedos en pequeños trozos. Nosotros decidimos acompañar el plato con unas patatas gallegas y unos dientes de ajos confitados en aceite de oliva a 60 grados durante cinco horas. Es pesado, pero si se tiene tiempo, el placer al morderlas hace que valga la pena. Por último un crujiente de pecorino con una tempura de harina y vino rosado bien frío acompañará y embellecerá el plato.

Son caprichos...


Nota de cata:

Sin que sirva de precedente, pues es conocida nuestra búsqueda de la calidad-precio en el maridaje (encontrar calidad cara no tiene mucho mérito), nos dimos un homenaje no sé si del todo merecido. E asunto lleva por nombre Hofstätter Joseph gewürztraminer 2010 de la bodega J. Hofstätter de la Denominazione di Origine Controllata Südtirol Alto Adige, que pese a las reminiscencias germanas es un vino blanco italiano de obligada cata para todo buen amante de esta variedad. Un capricho de vez en cuando no debe ser pecado, vamos, digo yo…


Mapa de la zona militar

Yo maté a Donald III (donde se desarrolla la jornada de trabajo)

Una formación profesional y un camino hacia el futuro a cambio de unos meses de trabajo supuestamente voluntario para el ejército cubano no era una oportunidad que pudiese dejar escapar. En las cocinas de los campamentos militares aprendió a llevar a la práctica todo lo aprendido en las aulas-taller. Durante los tres meses de verano, los estudiantes becados eran requeridos para trabajar en toda clase de instituciones, escuelas, residencias y campamentos de toda la isla. A Abdulá le había caído en gracia la base militar cubana de Guantánamo. Al recibir la noticia, un escalofrío le recorrió el cuerpo y le surgieron unos temores que pronto vería infundados. La situación en aquella base era de lo más tranquila. Los norteamericanos hacían y deshacían de su lado, ignorando completamente a los militares cubanos, que se conformaban con examinar desde una colina lo que acontecía en el otro lado de la verja y anotar todo movimiento en un registro. Incluso, de vez en cuando, surgía algún roce entre ambos ejércitos de tintes graciosos que ayudaban a quitarle tensión al asunto. Uno de ellos, conocido e ignorado por los mandos, era el semanal intercambio que se producía todos los domingos por la noche cerca de las alambradas, donde los cubanos canjeaban botellas de ron de alambique casero y frutas frescas por toda suerte de iconos capitalistas muy valorados en la isla, como revistas deportivas ya pasadas, camisetas de basket y pelota, etc…


Las caras ya no eran alegres,
y la disciplina se incrementó

Grafiti habanero

Pero cuando llegó el verano del último curso todo cambió. Llegó a la base como acude un niño a un campamento de verano. Esperaba volver a ver a sus colegas estivales alegres y bromistas como siempre, observando a un grupo de yanquis simplones y bonachones. Pero nada más lejos de la realidad. Desde que cruzó el portón de la base el ambiente le resultó enrarecido. Los soldados habían olvidado su relajada disciplina. Les veía corriendo armas en mano de un lado a otro dispuestos en ordenados batallones. Ya no sonaba la alegre música .caribeña por los altavoces, sino que el silencio y las largas marchas militares se repetían. En la cocina el ambiente pronto se contagió, y las jornadas de trabajo se sucedían con enorme monotonía y dureza. Pronto supo lo que había generado ese cambio y comprendió la situación. El gabinete del presidente Bush había seleccionado la base en el territorio cubano como prisión para los sospechosos de terrorismo internacional. Como la situación territorial era ambigua, aquel pedazo de tierra no era considerado territorio estadounidense, por lo tanto no regían allí las normas del derecho internacional a las que los EEUU estaban suscritos. Los Derechos Humanos convenidos por la ONU no eran de aplicación en aquel campamento, así pues la tortura podía llevarse a cabo sin ningún tipo de disimulo. El espíritu de Abdulá se fue endureciendo conforme avanzaba el verano. Adquirió la rutina de subir a la colina desde donde se divisaba todo el territorio enemigo armado con unos prismáticos cada atardecer después del turno de mediodía. Se familiarizó con la práctica que allí se establecía con los prisioneros. Unas jaulas similares a las del zoológico del Parque Lenin habanero se disponían en medio de lo que antes era la explanada donde los soldados hacían sus ejercicios. Allí, en pequeños habitáculos se encontraban hacinados los reos. Era fácil distinguirlos por sus monos naranjas. Grupos de soldados armados sacaban de vez en cuando a alguno de ellos para llevarlos a las dependencias, de donde los volvían a sacar, muchas veces arrastrándolos por el suelo. El cocinero dedujo que las piernas ya no eran capaces de sostenerles. El movimiento de reos era incesante, pues los interrogatorios se llevaban a cabo día y noche. El mundo que aprendió a amar bajo el infinito cielo del desierto y el alegre sol caribeño se afeaba cada tarde desde aquella colina.

Desde la colina Abdulá observaba a los desdichados

Imágenes que no deberían repetirse jamás


De aquellos escarceos juveniles a Donald sólo le llegaban imágenes acompañadas de sentimiento de culpa y pecado que se apresuraba a borrar de su mente. El resto de su vida sexual se podía resumir brevemente. Un matrimonio de conveniencia con la hija de otra familia de larga estirpe militar. Contentó a todos y, lejos de resultar un artificio, permitió a la pareja llevar una vida relativamente independiente exceptuando los eventos de compromiso a los que asistían desde hacía décadas. Las relaciones sexuales se sucedieron como simple elemento de procreación. Tres hijos varones, fruto de ellas, educados en la distancia de distintas escuelas e internados de prestigio, no interrumpieron la carrera del político. Para el resto de las ocasiones, una agencia de contactos seria y de confianza, le suministraba chicas con las que aliviar la necesidad. Solía cogerles cariño, incluso repetía con alguna de ellas varias veces, hasta que el miedo a una dependencia sentimental le hacía cambiar el género.

Jardines del Hotel Dolce de Sitges


Mantuvo durante la jornada varias reuniones algo protocolarias. Encuentros con líderes y magnates a los que hacía tiempo que no veía. Pero la reunión especial se estableció para la noche, después de la cena. Diez miembros del grupo, esta vez sí que eran los personajes más influyentes del mundo, habían acordado reunirse en una de las suites del hotel habilitada para la ocasión. Hasta entonces el exconsejero decidió subir a relajarse a la habitación donde tras refrescarse y descansar, ordenaría las ideas que pensaba exponer en la reunión nocturna.


El autor y su obra

Salió de la ducha con el lujoso albornoz blanco con ribetes dorados del hotel y se acercó a la ventana. Desde allí se entretuvo espiando la actividad que se llevaba a cabo en el jardín. Un grupo de invitados alargaba la sobremesa sentados bajo unos toldos junto a la piscina. Le llegaban las risas provocadas por los cóckteles que desbordaban sus vasos. Sonrió al comprobar que ninguno de los selectos invitados nocturnos estaba entre ellos. Aquellos eran los segundones y personajes locales sin influencia real sobre las decisiones que se iban a tomar en aquel pueblecito del mediterráneo español. Dos empleados se esmeraban en la limpieza continua de una piscina. Tarea inútil a todas luces, pues el tiempo no acompañaba y la brisa fresca que llegaba del mar no hacía apetecible el baño. Además de los camareros que iban y venían de la barra exterior del bar al grupo de borrachos para abastecer sus gaznates. Un par de jardineros repasaba con grandes tijeras podadoras todos los setos que rodeaban el recinto, bajo la atenta mirada de la seguridad que poblaba todas las instalaciones.

La única imagen que desentonaba en el conjunto provenía del pequeño huerto situado bajo las ventanas de la parte de atrás de las cocinas. Allí, un joven empleado custodiado por dos agentes recorría los parterres con cientos de pequeñas plantas dispuestos a la manera de un pequeño huerto. Acertó a distinguir pequeñas tomateras y unos arbolitos con diminutos frutos semejantes a naranjas. Sin duda estaba seleccionando alimentos para la cena. Bajar a cotillear con el empleado no sólo sería un gesto destacable que dejaría una imagen humana de todo un Consejero de Defensa estadounidense, sino sobre todo saciaría su curiosidad por la botánica local, a la que se aficionó nada más terminar sus estudios. Estaba decidido. Eligió el único traje sport que colgaba del armario y se dispuso a ir al encuentro de aquel empleado de las cocinas.

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El mundo se afea con el paso del tiempo, pero personajes como este que traemos hoy, nos hacen reconciliarnos con él por unos momentos.
Señoras y señores Mr. Salif Keita


A tu salud, gigante albino

jueves, 21 de abril de 2011

Receta de Risotto de Puntalette al cava con piñones y chocolate (Yo maté a Donald II)

Receta de Risotto de Puntalette al cava con piñones y chocolate (Yo maté a Donald II)

Hotel de Sitges elegido por el Club Bilderberg para su reunión en junio de 2010


Receta de Risotto de Puntalette al cava con piñones y chocolate

Textura cremosa y color de cacao
Delicioso engaño


Ingredientes (6 personas)

½ Kilo de pasta puntalette (pasta en forma de granos de arroz alargados)
Una botella de Cava Rosé (Variedad Garnacha de Cariñena)
Una cebolla dulce D.O. Fuentes de Ebro
50 gr de piñones
150 gr de Chocolate de cobertura de Atienza
½ Litro de caldo de verduras
Aceite de Oliva Virgen Extra D.O. Bajo Aragón
Una lata pequeña de leche evaporada
Tres dientes de ajo
Un manojo grande de albahaca fresca
25 gr de almendras
Una rebanada de pan tostado
Sal

Nuesro puntalette favorito

Piñones selectos

Bien cerquita tenemos un tesoro en forma de cobertura

Cualquiera de la denominación es válido, pero
para texturas cremosas preferimos uno sin filtar


Elaboración

En una cacerola y con tres cucharadas de aceite de oliva pocharemos una cebolla picada de manera fina a la que, cuando esté al punto le añadiremos los piñones. Sofreiremos junto a ello la pasta hasta dejarla con un punto dorado, evitando así que se pegue al final. Cuando tengamos el conjunto bien integrado de sabores verteremos la botella de cava y el caldo de verduras. Debería ser suficiente líquido para el tipo de cremosidad que buscamos, pero por si las características de la pasta fuese necesario más, añadiremos al final un poco más de caldo de verduras. Corregiremos de sal.

Mantendremos la cocción con fuego alegre durante siete minutos antes de añadir el chocolate partido en pequeños trozos y la leche evaporada. Con ambos ingredientes acabará de cocerse en tres minutos la pasta, que deberá adquirir dos propiedades: quedará ligada por una crema espesa que será el punto deseado y oscurecida por el cacao del chocolate, casi al modo de un arroz negro. En ese engaño está la gracia de la receta, que podría denominarse en carta Falso Arroz Negro (sin arroz ni tinta)

Para enriquecer la receta proponemos salsear el plato con una preparación untuosa que con su color terroso contrastará con el oscuro chocolate. Para elaborarla iremos poniendo en un vaso batidor los tres dientes de ajo, las hojas desnervadas de albahaca, las almendras, el pan tostado y la sal. Ya con la batidora en marcha iremos añadiendo aceite de oliva en forma de hilillo para que emulsione y se levante. La serviremos en una salsera para que cada comensal decida la cantidad.


Ella no sabe que nos tiene ganados a los Idasdecocina.
Es de justicia decir que su puntalette hace tocar el cielo.
Gracias Cristina Palacio, manos de deliciosa hechicera.


Nota de cata

Cava rosado Gran Ducay

Rosado de Corona de Aragón,
vecino y hermano del anterior
El gusto original que le confiere un cava elaborado fundamentalmente a base de garnacha, la aceitosidad que transmiten los piñones y las almendras de la salsa y la untuosidad de la textura de falso risotto, parecen pedir algo fresquito que despeje y limpie bien el paladar después de cada bocado. Por ello descartamos los acentos afrutados del blanco y nos decantamos por un rosado de Corona de Aragón, para no abandonar variedad, color, ni tierra, y más que maridado quede hermanado con el cava del plato.


Yo maté a Donald II (Segunda entrega, donde se conocen los caracteres de los personajes)


Los magnates conocieron las platjes de Sitges desde las cristaleras del hotel
La mañana no comenzó de manera habitual. Ya hacía unos días que la noticia corría de boca en boca entre el personal del hotel. Incluso la noche anterior una filtración se había colado en los informativos nocturnos. La dirección no había advertido del acontecimiento pero nadie podía esconder lo que ya dejaba de ser un simple rumor. La reunión del Club Bilderberg del 2010 se iba a celebrar en el complejo. El Hotel Dolce era conocido por su entorno paradisíaco. En cuestión de lujo y exclusividad había muchos por encima de él, pero su situación aislada en las afueras de Sitges facilitaba el alto nivel de seguridad y privacidad que exigía el encuentro. De hecho desde hacía días las señales de que algo importante e inhabitual iba a acontecer eran evidentes. La instalación de una verja electrificada que rodeaba todo el complejo, la llegada de personajes enfundados en trajes oscuros que no podían esconder su condición de guardaespaldas y el colapso de todas las plazas del garage por largos y brillantes coches blindados daban prueba de ello.

El autobús que trasladaba desde el albergue del personal en Sitges hasta el complejo llegó a la hora de siempre, pero aquel día de junio una jauría verde de la Guardia Civil les esperaba junto a la puerta de entrada del servicio. Les hicieron bajar del vehículo y les agruparon en el vestuario. El que parecía al mando les habló como el oficial a su tropa. Las normas eran claras, debían desvestirse en ese momento y ponerse las ropas que estaban etiquetadas para cada uno de ellos. No podían llevar encima ningún objeto personal, incluso fueron despojados de los relojes, joyas y otros enseres. Cada uno debía hacer su trabajo extremando la profesionalidad y la cortesía. No podían dirigirse a ningún cliente del hotel en los próximos dos días a menos que fuesen requeridos por ellos. Con voz marcial les deseó buena suerte y salió del vestuario dejando que los números vigilasen el proceso. Los pasillos hacia la cocina dejaban ver las mejores galas del hotel hasta en sus más escondidos rincones. El nivel de limpieza, iluminación e incluso del aroma que exhalaba todo el recinto alcanzaba cotas desconocidas hasta entonces. Encontró agobiante la presencia de seguridad privada en todos los rincones. Nada escapaba a una mirada vigilante. A Abdulá no le era desconocida la situación opresiva de control, pues de manera mecánica un recuerdo acudió a su mente. Se vio diez años atrás en La Habana.  Fruto de un pacto de colaboración con el Polisario, Abdulá fue uno de los jóvenes seleccionados por el gobierno cubano para completar estudios superiores en la isla. Dominaba con alguna dificultad el español gracias a las horas de escuchar a los viejos a la sombra de la jaima, pues la nueva generación de saharahuis volvía la cara al idioma igual que España se la volvía a su pueblo. El inglés se extendía en sustitución del idioma cervantino. Escuela Superior de Altos Estudios Gastronómicos rezaba sobre la puerta del demacrado edificio del barrio del Cerro de la capital cubana. No recordaba aquellos años de estudio como especialmente malos, pues fue allí donde el joven aprendió los principios técnicos de su profesión, sin olvidar su primer beso, su estreno de una sala de cine, su despertar en el sexo, y sobre todo algo que todavía derramaba lágrimas al recordar, allí saboreó su primer helado. La propia idea de algo tan frío era inconcebible en medio del desierto, pero si el estreno en el mundo de la crema helada se hace en Copelia, el bautismo es digno de la realeza.

Muchos bautismos para Abdulá se celebraron en
la capital cubana


Pero no eran aquellos felices despertares habaneros los que despertaban su memoria aquel día en la cocina del Hotel Dolce de Sitges, sino la sensación de vigilancia continua. Los cubanos fueron unos anfitriones generosos con cientos de estudiantes saharahuis ignorados por el resto del mundo, pero había un precio a pagar, la cuestión ideológica. No había fisuras, ninguna grieta posible para la duda y ningún espacio posible para el debate. Toda posición crítica con el régimen era considerada imperialista y por lo tanto desviada. Combinaba estudios profesionales técnicos con asignaturas tales como Economía Planificada, Estudios Marxistas o Ética Comunista. La ideología ascendida al mundo y al lenguaje religioso. Nuevos dioses a los que adorar.


Poder, economía, secretismo.
Conspiraciones crípticas

Tras media hora de autopista rodeado de motocicletas con beneméritos agentes y luces rotatorias azules su ayudante le sacó de su ensimismamiento para anunciarle que ya llegaban al destino. Se podía ver el Hotel situado sobre una colina verde que se abría al mar. El che se acercó por la parte de atrás para entrar por el piso subterráneo. Toda precaución era poca. Aquella reunión no entraba dentro del campo de las oficiales, por lo tanto no habría fotos oficiales ni comunicados de conclusiones finales. El Club  Bilderberg era una reunión privada lejos de las rondas mundiales oficiales. Nada tenía que ver con Foros de la Tierra, Reuniones del G8, G20, OTAN ONU… Nacida en la Guerra Fría reunía a las personas más importantes del ámbito público y privado del mundo capitalista con el objetivo de generar una corriente de opinión favorable al modelo de democracia occidental y contra el sistema comunista. Una vez vencida la batalla, el grupo no se deshizo, sino que continuó sin un objetivo claro. Seguía reuniendo anualmente a los personajes influyentes del mundo y era sabido que era un lugar donde abundaban contactos entre las altas esferas del poder económico. Allí se guisaba más que en todas las aburridas reuniones del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, donde declaraciones grandilocuentes y públicas se desvanecían en el aire ante los medios de todos los países.


El vehículo entró por el subterráneo del hote

Beneméritos controles

Donald se sentía como en casa en un lugar donde el control y el uniforme evitaban cualquier tipo de sorpresa amarga. Nadie protestaba, no eran necesarias fuerzas antidisturbio, pues nadie protesta si no sabe de qué hacerlo. Los puntos de chequeo y control se sucedían uno tras otro y cada uno de ellos que el coche superaba suponía una subida de adrenalina en el adormecido corazón del Exconsejero de Defensa estadounidense. Verificada su identidad en la última barrera policial su ánimo era ya el de un magnate activo con las uñas de sus garras afiladas y dispuestas para la caza. Echó un vistazo por la ventana y lo que vio le gustó y tranquilizó. El mundo funcionaba. Una larga fila de empleados de servicio del hotel bajaba en ordenada fila de un autobús ante la presencia de las fuerzas del orden locales. Como delincuentes eran introducidos en el recinto con miradas cabizbajas entre el escrutinio de sospecha de decenas de uniformados.


Guantánamo, ejemplo de "democracia"

Abu Grhaib tampoco anda mal de "Derechos Humanos"

No pudo evitar triunfales recuerdos. Su opinión se impuso en el pasado a quienes creían ver en sus métodos poco respeto a los valores democráticos. La creación de una red de prisiones por todo el mundo aprovechando países aliados con regímenes dictatoriales o zonas con status especial fue todo un acierto. Allí no era necesario el respeto a la legalidad internacional ni a los sobrevalorados Derechos Humanos. Centros como Abú Graif o Guantánamo habían servido a la defensa nacional más que todo el poderoso ejército. Además de la valiosa información que extraían a los prisioneros, ayudaban a crear un clima de terror en las potencias enemigas. Imágenes como las que tenía delante se repetían en todas las pantallas del orbe. El mundo tenía que saber a qué atenerse si discutía la supremacía de América. Era su obra. Ni siquiera el nuevo presidente con sus aires de redemocratización se había atrevido a desaprovechar los beneficios de su obra, y el pueblo estadounidense sabedor de la tranquilidad y seguridad que proporcionaban sus métodos protestaba con aire protocolario. Venció a sus opositores. Logró que el inútil de su jefe apoyase sus propuestas. Fabricó las armas de monstruo y su nación, como su vida, sonrió ante la sensación de orden y control. Sólo un sueño con dos caras envenenaba sus noches, pensó mientras el coche desaparecía por la puerta del subterráneo. La imagen de un país débil a la deriva de los chantajes y amenazas exteriores, y la suya propia cincuenta años atrás, retozando feliz y despreocupado en las verdes campiñas, abrazado a otro cuerpo como el suyo: joven, vital, alegre y masculino. Apartó sus temores de la cabeza y se sumió en los preparativos de los encuentros de la jornada con su ayudante.
No está mal que alguien les recuerde
lo que son: malos


(Entrada dedicada a Cristina Palacio, cuyas sartenes son de las pocas de a ciudad que nos hacen pasar momentos felices a locos como nosotros. De regalo una canción optimista)



Facto delafé y las Flores Azules

La luz de la mañana 



Salut para todos

martes, 19 de abril de 2011

Receta de Arroz con Leche y Fruta fresca (Yo maté a Donald)

Receta de Arroz con Leche y Fruta fresca (Yo maté a Donald)

La cremosidad y el caramelo nos lo sugirió Casa Lucio
Disponer de soplete o plancha de metal evita el trabajo de horno

Receta de Arroz con Leche y Frutas



Arrocito del Delta del Ebro

Mientras no haya trasvase seguiremos disfrutando

Producto de Tauste, consumo de proximidad

Para la cocina, la leche de cabra aporta una grasa que facilita la labor

Ingredientes (4 personas)

150 gramos de Arroz
1 litro y cuarto (cinco vasos) de leche entera
Una rama de Canela
Corteza de limón
Cuatro cucharadas colmadas de Azúcar
Ocho Fresones de Huelva
Un Melocotón de Calanda
Un Plátano de Canarias

¿Banana? ¿Eso qué es? teniendo esto...

Islas afortunadas, por algo tenía que ser

Oímos los bombos y saboreamos sus frutos

Aragón calidad

Fesón onuvense, como debe ser

Aromas de novela de juventud


Elaboración

En primer lugar calentaremos la leche en un cazo hasta ponerla humeante. Agregaremos la rama de canela y la corteza de medio limón entera. La idea es que se puedan retirar ambos ingredientes al final de la preparación. Verteremos el arroz en el cazo y removeremos durante la cocción con la idea de que extraiga el almidón. Con el almidón y la escasa cantidad de leche, conseguiremos un punto muy cremoso. Media hora después el arroz debe presentar una textura gordita, pues el objetivo es que pueda envolver a las frutas y no quede líquido.

Así nos quedó, fresquita y colorida


Con el arroz en su punto, pasaremos a retirar la canela y el limón y distribuiremos la mezcla en unos recipientes aptos para horno. Cortaremos las frutas en daditos y las mezclaremos con la preparación. Sobre el conjunto espolvorearemos el azúcar sobre cada uno de los recipientes de manera que quede bien repartido por la superficie de cada uno.

Con el horno preparado para gratinar introduciremos los recipientes un par de minutos, hasta que el azúcar haya adquirido un color tostado y costroso. Dejaremos atemperar a temperatura ambiente y tomaremos una decisión. Servir templado o introducir un par de horas en el frigo. Ésta suele ser nuestra opción.

Presentación más cuidada para sibaritas


La originalidad de un postre tan clásico la logramos no sólo con los tropezones de fruta, sino con la idea de no endulzar el arroz, sustituyendo el azucarado tradicional por una costra crujiente, para que cada comensal decida la cantidad de caramelo que debe acompañar a cada cucharada.

Presentación vanguardista para modernos


Yo maté a Donald (Inicio de un relato negro que en nada debe parecerse a la realidad….digo)

Aquel plan no tenía fisuras, pensaba Abdulá mientras ponía el cazo de leche a calentar sobre el fuego. De hecho, todo en su vida se había desarrollado según lo programado en alguno de sus planes. Era difícil para un joven saharaui dejar que la suerte dirigiera su destino. Desde pequeño aprendió a plantearse objetivos reales que fue cumpliendo uno tras otro hasta llegar donde estaba. Terminar la primaria en los campamentos argelinos como alumno destacado fue una de sus primeras metas. Mirando como comenzaba a burbujear la leche formando una capa de nata en la superficie, se vio ordeñando las dos cabras que criaban en la jaima. Recitaba las tablas de multiplicar a cada apretón de las ubres. Resultaba un niño extraño para todos, pues sustituía los juegos infantiles por otras ocupaciones que extrañaban a propios y a extraños. Pasaba Abdulá largas tardes sentado cerca del grupo de hombres que se reunía en torno a una mesa de té, escuchando sus conversaciones sobre tiempos pasados y esperanzas futuras. Así fue como aprendió a esquivar desde niño los envites del presente. Con los años se dio cuenta de que aquellas conversaciones siempre terminaban en nada y que no podían aportarle nada nuevo a su carácter, así que cada vez con más frecuencia fue sustituyendo las horas de menta y azúcar por otras mucho más placenteras. Sin alejarse mucho de la colorida melfa de su madre, se introdujo discretamente y de manera gradual en el lugar donde verdaderamente aprendió a conocerse a sí mismo: la cocina. Desde por la mañana las cocinas saharauis tenían una vida ajetreada y divertida. Frente al ritmo lento y monótono de las reuniones de los hombres del barrio, las casetas que hacían de alacena y cocina parecían siempre un lugar festivo. Cualquier cosa podía suceder. Las visitas inesperadas a cualquier hora, las conversaciones picaronas y los chismes eran habituales en aquel lugar. El precio a pagar por aquella licencia era caro, pero valía la pena. Las mujeres aceptaron de buen grado su compañía, pero a cambio una serie de arduas tareas  pasaron a formar parte de su quehacer diario. Acudir al mercado a por las compras de su casa y de todas las de las vecinas. Era cansado hacer de repartidor, pero la satisfacción que le dio intimar con toda suerte de vendedores y comerciantes le compensó el cansancio. La tarea más dura era ir a por agua a la fuente. Tras dos kilómetros de camino bajo el sol y la cotidiana pelea por el sitio en la larga cola, le tocaba regresar cargado con varias garrafas. Hoy reconocía como un privilegio el hecho de haber sido aceptado en aquel círculo femenino, pues ahí aprendió los asuntos importantes de la vida y extrajo una enseñanza que dirigió sus pasos hasta entonces. En la vida todo es relativo menos el presente. El pasado no era muy útil y el futuro solo generaba frustración. El mundo masculino se aferraba a ellos ignorando el único lugar donde se podía hallar algún momento de felicidad: el presente. Era allí donde encontró el mundo femenino, la preocupación por la comida, la ropa, lo cotidiano, la salud. Mundos ocultos para un niño que se le abrieron como un abanico ante sus grandes y oscuros ojos. Abdulá apuró el vaso de leche tibia tremendamente azucarada que le trajo a la mente a su madre obligándole a beberse uno parecido cada noche, para apaciguar los malos pensamientos y atraer los sueños infantiles.

Campamento saharaui en el desierto argelino


Donald, sabedor de que todo el mundo estaba esperando en posición de firmes bajo la escalinata del avión, se resistió unos minutos sentado en su sillón antes de bajar. Entregó su maletín y su portátil a uno de sus ayudantes y con gesto cansado se enderezó. En los últimos años le costaba erguir la espalda, se reconocía en la imagen que conservaba de su padre. Tras una larga carrera como piloto vino un retiro profesional que coincidió con una decadencia física notable. La enorme musculatura del militar se tornó pronto en grandes pellejos que colgaban de sus brazos y piernas, la vista necesitó de repente la ayuda de unos gruesos lentes y la espalda se le fue inclinando hacia delante, ofreciendo la imagen de un anciano. La inactividad pasaba factura y últimamente veía cómo su cuerpo reflejaba el hecho de su pérdida de poder. Tras haber ocupado importantísimos cargos políticos en todos los gobiernos republicanos desde que el presidente Nixon lo ascendiera al parnaso político, le llegaban ahora unos años donde el nuevo presidente demócrata no solo le apartó del poder, aquello podía comprenderlo, sino que logró que una nube de ostracismo se cerniese sobre él. Le señaló como uno de los culpables de la situación de crisis actual y logró que hasta sus más fieles correligionarios le diesen la espalda.

Abdulá se relacionaba con toda clase de comerciantes...

Olimpo del poder, el corazón de la bestia


Al asomarse por la puerta de la escalerilla el sol cegó sus ojos. Conocía el sol español, pero en Madrid no brillaba como en el Mediterráneo. Ante la escalera y con una larga fila de personalidades esperando su descenso vino un reflejo del pasado a su mente. Últimamente aquel recuerdo se repetía con demasiada frecuencia. Se vio saliendo a la calle desde el Aula Magna de Princeton en un día igualmente soleado. Era su graduación. Abajo esperaba serio su padre vestido con el uniforme de gala. Ninguno de los dos dijo nada durante la comida de celebración, pero ambos sabían que ese día comenzaba una nueva vida para Donald. Tuvo que elegir y lo hizo. Continuar con la vida libertina que se había permitido hasta entonces o virar hacia la carrera seria que le esperaba en el mundo de la política y los negocios. No era fácil la elección y no fue el ansia de poder y dinero lo que le hizo inclinarse por su brillante futura carrera. Las largas noches de estudio y sacrificio que había invertido en la Universidad le enseñaron que el orden y el cumplimiento del deber tenían su lado positivo. Tras unos años de dudas y miedos adolescentes, la rigidez del trabajo y la obediencia a unas normas incuestionables le apaciguaban el alma. Experiencias con el alcohol, las drogas, los escarceos con las chicas e incluso alguna muy satisfactoria relación con otros jovencitos, lejos de ofrecerle momentos de felicidad le atormentaban con sentimientos de culpa, de pecado y de inseguridad. No era el camino que quería. La disciplina impuesta en el hogar a base de severidad y austeridad, los honores académicos logrados con penurias y esfuerzo le daban por fin lo que anhelaba su espíritu, calma y serenidad. El saber en todo momento que se hace lo correcto sin cuestionarse su moralidad fue la cualidad que le hizo recorrer a gran velocidad el camino de ascenso al poder. Bajó las escaleras y con un rápido y marcial saludo ignoró a toda la plana mayor de dirigentes locales y de la embajada que alineados esperaban al magnate. Se introdujo en el blindado negro que esperaba al final de la alfombra roja y se sumió de nuevo en sus pensamientos.

Tomó una decisión en su juventud...
...el camino severo le alejó de la duda

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