miércoles, 29 de septiembre de 2010

Pasta rellena de morcilla con salsa de pimiento

Había tomado la decisión de tomar de nuevo las riendas de su vida. Daba por terminada su actitud antisistema pues, hasta el momento, sólo encontró con ella penurias y calamidades. De nada servía dar la espalda al mundo cuando no se estaba dispuesto a renunciar a las comodidades que éste le ofrecía. Así que aquella mañana de domingo olvidó su rutina de holgazanería y se levantó de la cama temprano. Tras arreglarse, como hubiese hecho años atrás, perdiendo tiempo en aquellos detalles casi olvidados, se dirigió a la cocina. Allí Cinteta, que todavía dormitaba, abrió un ojo y esbozó un gesto que Cisco no supo interpretar si era más de extrañeza o de reproche. Decidió no desayunar directamente pues, como su primera labor del día iba a ser la elaboración de una receta, sabía que iría picando ingredientes de aquí y de allá.

Sacó los olvidados productos de limpieza y se esmeró en dejar brillante la encimera y la enorme mesa que ocupaba el centro de la cocina. Fue distribuyendo sobre ésta todos los ingredientes repasando de memoria el orden en el que iban a entrar en acción. En primer lugar decidió atacar la pasta, para que se pudiera secar  en unos hilos que ya colgaban, sujetos con chinchetas, entre dos de las paredes cercanas a la ventana. Mezcló la harina, el agua y la sal, y tras meditar un poco decidió añadir una cucharada de aceite y una yema de huevo para alegrar el color de la mezcla. Aplanó con el rodillo la masa hasta que en ninguna zona levantó más de dos milímetros. Afiló el cebollero y se entretuvo haciendo surcos paralelos y perpendiculares a lo largo del gran rectángulo, resultando varias decenas de pequeñas piezas cuadradas que distribuyó a lo largo de los hilos para airearlas.
La siguiente misión le motivaba más. En una olla demasiado grande para esa labor calentó aceite teniendo cuidado de que no llegase a humear y arrojó sobre él una gran cantidad de cebolla en juliana y su dosis de sal para ayudar a que sudara y le invitase a sacar todos sus azúcares. Cuando una dulce capa dorada cubrió las cebollas llegó el momento de verter sobre ellas la espesa nata que las cubrió. Al calentarse la mezcla y tras rallar parte de una nuez moscada sobre ella introdujo la batidora para conseguir una pasta a la que añadió la morcilla deshecha minuciosamente con los dedos. Parece que la ortodoxia mandaba triturar a máquina también las negras rodajas, pero quería lograr una textura granulada que las varillas no hubiesen permitido. El resultado quedó como debía, muy cremoso y de color grisáceo como mármol  lapidario. En este punto decidió hacer una alto, pues el olor que comenzaba a inundar la cocina hizo que sus tripas comenzasen a rugir como demonios. Sólo le quedaban unas pobres rebanadas de pan de molde que no se molestó en tostar, además al estar tiernas creyó que empaparían mejor la suave crema con la que las fue recubriendo. Tuvo que frenarse para no tener que lamentarse más tarde de quedarse corto con el relleno. Engulló las dos primeras rebanadas y se entretuvo deleitándose con las dos siguientes.

-Es más placentero comer sin hambre- Pensó- Lo contrario es simple necesidad-
Sin romper apenas el ritmo de trabajo alineó los cuadrados de pasta sobre la mesa algo enharinada y fue adjudicando a cada uno una cucharada de masa de morcilla. Antes de cerrarlas uniendo dos de las esquinas opuestas formando triángulos iguales, vertió unas gotas de salsa picante sobre cada una de las montañitas. Pintó a pincel, con yema de huevo, los cierres de los saquetes antes de pesionarlos con los dientes del tenedor para sellarlos y los apiló en una bandeja de horno formando dos capas. Volvió a la encimera para arrojar en el vaso batidor una sartenada de pimiento verde que acababa de pocharse, dos huevos y una generosa cantidad de aceite de oliva. Apretó las cuchillas de la batidora contra el fondo del recipiente y apretó el interruptor. En un primer momento parecía que los peores augurios se cumplirían, pues parecía que aceite y huevo no ligaban. Pero cuando tenía ya en la mano una buena bola de miga de pan para intentar que hiciera de celestina de los ingredientes, éstos parecieron comprender la amenaza y el panorama comenzó a cambiar en el interior de aquel bote. Un hilillo amarillento fue creciendo, espesando y evolucionando a color verde al integrarse con el pimiento del fondo. Fue añadiendo más aceite a hilillos cortos y rectificando de sal hasta conseguir la untuosidad deseada, que mejoró si cabe tras integrar en la salsa un gran bloque de requesón fresco que logro una textura granulada que ningún otro ingredinte lograría.

Sólo restaba el paso final. Vertió la crema de pimientos napando los triángulos de pasta y coronó el resultado con una montaña de parmesano recién rallado sobre la misma bandeja, que introdujo en el horno caliente al que sólo dejó trabajando la gratinadora superior. Cuatro minutos fueron suficientes para dorar la primera capa. Sin abrir la puerta del horno, dejó al calor residual lo que acertó a denominar sacos de Burgos bajo manto de la huerta gratén, así lo presentaría minutos después en sociedad.

Le resultó imposible llamar al timbre con una gran bandeja de cristal en una mano y una botella helada de rosado navarro en la otra, así que tuvo que dejar ésta en el suelo para poder hacerlo. Estaba claro que las habilidades sociales no eran su fuerte, pero parecía que Andrés se esforzaba cada día más en reforzar su imagen huraña y repulsiva. Recibir a una visita en pantalón de pijama no parecía lo más apropiado, pero era peor si acompañaba un pálido y peludo torso desnudo en el que quedaban tremendamente marcadas cada una de sus costillas y unas greñas que hubiesen caído sobre los hombros de no quedarse enmarañadas en varios nudos que delataban varios días sin peinarse. Cisco no sintió repugnancia pues conocía a aquel tipo muy bien y sabía que tras esa facha se escondía una mente privilegiada y que el mobiliario interior equilibraba todo aquel desorden en el que parecía discurrir su vida.

-Además- Pensó- Si alguien hubiese llamado a mi puerta hace unos días, el panorama no hubiese sido muy distinto-

-Buenos días vecino- Saludó agachándose para recuperar la botella del suelo- Te acordabas de que vendría hoy ¿verdad?

- No, pero el olor que subía por el patio me lo ha recordado. Espero que valga la pena- Farfullo dándose la vuelta y dirigiéndose por el oscuro pasillo a la cocina.
-¿Te puedes esperar a que me tome un café o tienes prisa?- preguntó Andrés a su invitado.

- Por mi lo que quieras, no tengo nada que hacer en todo el día- respondió entrando en la cocina y disimulando la peste a cerrado que estaba estancada en el ambiente.

El cuerpo enclenque del informático parecía que iba a romperse cuando se estiraba hacia los armarios de arriba, buscando los sobres de café soluble que mezclaba con agua del grifo en una taza que, pese a la oscuridad reinante, mostraba sedimentos de varias semanas.

-Pues espero que no me jodas todo el día- dejó caer el personaje- Tengo demasiados asuntos sin acabar y ya debemos estar- meditó unos segundos y preguntó a su vecino ¿A jueves?

No se molestó Cisco en desmentir al joven, qué más le daba el día en el que vivía a un tipo que no salía de su casa casi nunca, ni se le conocía un trabajo normal, con horarios, pagas extra, vacaciones… Sólo sabía de su situación laboral que vivía de encargos que le solicitaban ciertas empresas de programación, que por ahorrar costes externalizaban ciertas actividades a una serie de freelance como Andrés, que garantizaban eficacia y el necesario secreto en algunas demandas comprometedoras.

No llevó más de un par de horas elaborar el currículum de Cisco Cerrada Cabeza y otra más para que el grimoso técnico las introdujese por todas las cibergrietas en las redes más importantes de selección de personal y recursos humanos. Era fácil falsear el currículum, lo difícil sería sostenerlo en un futurible cara a cara. Le inquietaba al actor la imagen de estar frente a un entrevistador hablando sobre su pasado y sus anhelos, ya que toda la despreocupación con que afrontaba su presente se tornaba en pudor al hablar de su historia y sus deseos. El apartado dedicado a experiencia y situación laboral quedó algo cojo, pero fue compensado por el resto mucho más manipulables. Para no mostrar la laguna formativo-laboral de los últimos años decidieron que mejor sería no fechas ninguna de la actividades que se resumen a modo de listado a continuación:

Datos personales:

Nombre: Francisco Javier Cerrada Cabeza
Dirección: Calle Mayor 13, 3º Izda. 50001. Zaragoza
Fecha y lugar de nacimiento: 08/11/1961 Zaragoza
Contacto: 626313555             francholastra@hotmail.com
Profesión: Actor, traductor y escolta personal

Formación:

Académica:
  
Licenciatura en Derecho. Universidad de Zaragoza
            Licenciatura en Geografía e Historia. Universidad de Zaragoza
            Doctorado en Historia (Contemporánea). Universidad Autónoma de Barcelona
            Licenciatura en Antropología. UNED
            Titulado en Lengua Inglesa. Escuela de Idiomas de Zaragoza
            Titulado en Lengua francesa. Escuela de Idiomas de Barcelona
            Titulado en Lengua alemana. Escuela de Idiomas de Barcelona
            Titulo profesional de Piano. Conservatorio del Liceo de Barcelona
            Certificado de aptitud de Lengua Árabe. Universidad Católica de Beirut

Otras actividades formativas:

            Cinturón negro Dam 3º de Kárate en la Escula de Artes Marciales Ciudad de Zaragoza         
            Carné de conducir con capacitación completa en todos los niveles A,B y C
            Aprovechamiento en los Cursos de Alta Cocina de Cordon Bleue de París que se relacionan a continuación:
                        Técnicas y herramientas base I
                        Técnicas y herramientas base II
                        Técnicas avanzadas de sopas y consomés
                        Procesado de hojaldres y masas dulces
                        Repostería avanzada
Pastelería y confitería profesional
            Capacitación en socorrismo y Primeros Auxilios. Cruz Roja de España
            Licencia de armas en vigor

Vida laboral:

            Contratos intermitentes como actor tanto en compañías dramáticas profesionales como en diversas campañas promocionales dentro del ámbito de la publicidad. Referencia: Agencia artística Argos (Zaragoza)

            En la actualidad en situación de búsqueda de empleo en el sector indicado.

Otras aptitudes e intereses:
           
Persona socialmente activa y adaptable
            Buena disposición para el trabajo en equipo
            Situación familiar estable
            Interés por la lectura, música, deporte y todo tipo de actividades al aire libre


Fue este último capítulo el que hizo que, por varias veces, Andrés, estuviese a punto de atragantarse entre carcajadas con los grandes bocados de pasta que introducía en su boca y se empeñaba en apenas masticar. Quien conocía a Cisco sabía de su permanente estado de fobia social, vagancia patológica y total desinterés por cualquier asunto del mundo real que no crease adicción física o dañase gravemente su maltrecho cuerpo. Su única referencia familiar era su perrita Cisca, tan arisca y desarraigada como su amo.

No pasaba ni una línea sin que aquel tipo esquelético parase la tarea y se cobrase su trabajo en forma de rellenos de morcilla. La salsa se escurría por las comisuras de los labios. Peor era cada trago que daba directamente de la botella, pues aprovechaba el cuello de la misma para limpiar la salsa verde que goteaba hasta la barbilla.

- Lo de este es de circo- Pensaba el actor- Tiene hábitos alimenticios de boa-

Y no era falso. El joven podía pasar hasta semanas sin comer y tragarse varias decenas de platos cuando se le presentase la ocasión. Y eso era lo que normalmente le ofrecía, como un sacrificio a su dios, su vecino cada vez que necesitaba de sus servicios.

-Cojonuda, chaval- afirmaba mientras disminuía la altura de la fuente- Esta pasta está de vicio. No me explico como un tipo como tú puede hacer una maravilla así.- Evidentemente hacía demasiado tiempo que no entablaba ninguna relación personal con nadie, pensaba Cisco, que ignoró el comentario y lo tomó como lo que era, un elogio.

-Gracias, me alegro de que te guste, no hay nada que haga más feliz a un cocinero que ver caras como la tuya en estos momentos- contestó el actor.

- Oye, tío- Continuó masticando –Lo que no entiendo es porqué te niegas a que incluya tu demanda de curro en círculos gastronómicos- La salsa de morcilla comenzó a gotear sobre sus pantalones- Eres un hacha de eso, y encima se ve que disfrutas.

Cisco meditó cómo explicar sus razones a un personaje tan especial y lo intentó.
–Mira, vecino, es por algo moral. Vale que esté dispuesto a someterme a un horario. Vale que vaya admitir obedecer a algún gilipollas- El argumento crecía- Vale que vaya a prostituirme por unos cuartos, pero lo haré con todo menos con eso- Le satisfizo el rumbo que tomaba el argumento- Lo único con lo que no estoy dispuesto a comerciar es la cocina. Mi comida no se bastarda. Es la única verdad que tengo. Mi palabra- El tono llegaba al climax- No sé si me entiendes- continuó, ahora deshinchándose- Pero si pierdo mi única pasión, ya nada valdrá la pena.-

El vecino no contestó, pero algo debió de afectarle porque incluso dejó de masticar durante unos instantes. Se advertía que aquel tipo gordo y envejecido le había sorprendido con una dosis de sabiduría.

- Todo el mundo- dijo a modo de conclusión- Por mierda que parezca, guarda una bonita verdad. Aunque como yo, sólo sea una.

Pasaron tres horas delante de la pantalla, dos kilos largos de pasta casera bañada en salsa que hubo que calentar varias veces, la botella de rosado navarro y media de brandy consumida en forma de carajillos de café soluble. El resultado apareció con una excelente maquetación ante ellos. Toda una vida relatada en una página, más falsa que Judas, eso si. Incluso la fotografía, retocada con photoshop, mostraba a un personaje sonriente y amable que rebosaba actividad, bondad y hasta habían logrado algo de inocencia en los rasgos. La estrategia no podía fallar, ahora tocaba esperar. Estaba dispuesto a conceder al mundo lo que se esperaba de él. Un trabajo, de nuevo, sería la puerta de entrada.

martes, 28 de septiembre de 2010

Bocadillo de Tortilla


El dolor en la nuca se hacía insoportable cada mañana. Y ya llevaba tres despertándose de manera patética. Brazos cruzados bajo la pesada cabeza sobre la mesa de la cocina. La botella de vino vacía y el plato de la cena junto a ella. Pero lo peor era aquel olor a ceniza y colilla mal apagada a un palmo de la nariz. Se levantó de la silla con una sensación extraña de desnudez que encontró explicación al entrar al baño y verse como dios le trajo al mundo. Si triste fue el despertar, al examinar su imagen detenidamente en el espejo, peor fue la cosa. La barriga colgaba ligeramente por encima de unos genitales que habían conocido mayor esplendor. Para colmo una inesperada erección mostraba lo diminutas de sus esperanzas sexuales en aquella época de su vida. Las extremidades parecían pertenecer a otro cuerpo, a uno de alambre, como las figuras que hacía de niño en clase de pretecnología en su caro colegio de pago. Acarició con delicadeza el rostro afilado donde sombreaba el proyecto de una barba generosa que se empeñaba en domesticar todas las mañanas. Cisco Cerrada, actor de vocación, exlector y parado de profesión desde hacía mucho tiempo, no era un dechado de virtudes, pero conservaba la esperanza de alcanzar la cincuentena con cierta dignidad humana.

El hecho de estar a mitad de julio en aquella maldita ciudad de interior y valle no le impidió colgarse la americana beig sobre la camisa del día anterior, eso si, ventilada durante la noche en el balcón que daba a la calle Mayor. Cinteta sin mucha esperanza hizo un amago de salir por la puerta junto a él, pero pronto comprendió que esa vez tampoco le tocaba paseo. Así que sin mostrar un gran desaire se dio media vuelta y volvió a tumbarse en la alfombra del salón.

- Vaya careto hacemos hoy- Saludó Romina, la camarera del bar de abajo- ¿Otra mala nochecita? Cuantas veces te tengo que decir que hay remedio para eso

-Tú pon el carajillo y déjame mis problemas de sueño donde están- respondió cortante

Farfullando en rumano alargó el brazo para alcanzar la botella de Soberano que dejó libre sobre la barra- Pero hay médicos que podrían darte algo- castellanizó el mensaje- Dormirías y verías el mundo mejor-.
-Si, sería feliz- ironizó Cisco con un gesto condescendiente- todo de color de rosa. Sacó un cigarrillo del bolsillo del pantalón, trató de quitarle las arrugas estirándolo con dos dedos y los encendió con una gran calada que le provocó un pinchazo terrible a la altura del pecho. Callaron los dos y dirigieron la atención hacia la televisión, donde unos luchadores japoneses resolvían sus asuntos a mamporros. Pasó el tiempo y tres carajillos antes de que el guerrero más enclenque de todos acabara con los forzudos y se quedara sólo en la pantalla, en un primer plano fijo que al fin mostró los títulos de crédito de la película. Le debió parecer una señal, pues con aquel final bajó del taburete y salió a la calurosa mañana.


El recorrido fue el habitual. Se llegó hasta la plaza de España y de ahí hasta la de Aragón por Independencia, parándose en los escaparates de librerías, su antiguo vicio, y de pastelerías, el actual que no podía permitirse. Al llegar casi al final, giró para pasar por la esquina de la Canfranc, que había cambiado sus figuritas de chocolate por otras almendradas, seguramente más resistentes al calor. De regreso se solía dejar caer por las calles del Tubo, porque así lograba estar informado de las novedades enológicas y lograba disimular el calor asfixiante que el mediodía inundaba la ciudad. Aquellas calles estrechas se solidarizaban con él en muchas cosas - Muchas esquinas, suficiente mugre y un pasado mucho más brillante de lo que ahora lucía-  solía pensar.

Apuró un Somontano mañanero en Almau, que combinaba de lujo con unas salmueras con cazalla que hubieran hecho las delicias del adicto a ellas emperador Carlos.

- Vale la pena morir entre dolores de gota por ellas- Comentó al camarero


Pero éste continuó alineando montaditos esperando la llegada de los oficinistas vermoutheros habituales e ignoró el comentario tantas mañanas oido ya. Sonaba la Piquer en el equipo de música moderno, que desentonaba con el ambiente tabernero bien conservado del local. Parecía ignorarle el mundo entero.

- ¿Cómo sabrías si eres marica?- Preguntó el actor con voz firme y solemne. Tan solemne que el camarero no pudo sino parar su tarea y mirarle con extrañeza.

- ¿Cómo dices?, no me estarás vacilando- acertó a decir

- No, no. La cosa va en serio. Tú cómo lo sabrías-

Ya más relajado, pues estaba seguro de que aquel tipo raro no aludía a su condición de macho contestó- Pues no estoy seguro, creo que probaría a tirarme a un tío y a ver lo que pasaba, pero no creo que … a mi me fuera eso-

- Pues algo nos tiene que gustar a todos ¿no?- desvió la mirada de la última anchoa del platillo hacia el joven- y si a mi las mujeres ya no me dan placer, igual los hombres si-

- No me des la brasa que tengo mucho curro- le contestó volviendo a la hilera de panecillos con tomate, aceite y jamón- cada uno folla con quien puede y quiere-

Ignoró el joven lo que aquel tonto comentario provocó en Cisco, que pasó el día pensando el él. De hecho, por él puso una lavadora, se arregló y perfumó y tras una buena siesta salió a la calle dispuesto a salir de dudas. Había oído, hacía unos días en la radio, una tertulia veraniega sobre qué era la felicidad para el hombre que le animó a realizar su plan. Bajó al cajero y confirmó que aún le quedaban quinientos euros en la cuenta. Todo estaba dispuesto y aquel día saldría de dudas.

Aunque había oído que por la zona de Cogullada habían abierto locales nuevos que estaban mejorando el mercado, se decidió por acudir al barrio del Arrabal, más cercano y tradicional. Entró en el primero cuyo nombre aludía a la mitología clásica y pidió un güiski con hielo y un botellín de agua helada, que resultó caliente como la noche y como su imaginación. Allí se encontraba, sentado en la barra bajo una larga tira de borlas rojas, iluminado por bombillas naranjas que en nada disimulaban la sordidez del ambiente. Media docena de clientes, alguno todavía con la ropa de trabajo, apuraban vasos de tubo con brebajes pagados a precio de oro. Nadie parecía mirar a nadie, pero en la atmósfera los marcajes eran evidentes. Cisco no se sentía incómodo, ya que hacía tiempo que no le importaba la imagen que proyectaba. Bebió hasta que un grupo de jóvenes, sin duda caribeños, con aspecto de modernidad, crestas engominadas, tejanos de corte bajo, gafas de sol de espejo sobre las cabezas, salieron de la oscuridad de un estrecho pasillo y se fueron dispersando entre la clientela. Un pipiolo bajito y delgado fue el que por lo visto le había tocado en suerte.

- Buenas noches, mi amor- Se dirigió a él sin más preámbulo- ¿Me invitas a una copa?- Le preguntó cuando ya el camarero llenaba, con una botella de zumo de naranja de marca de supermercado, el vaso frente al joven.

- Me llamo Walter ¿y tú?-

La conversación intrascendente discurrió por los derroteros que Cisco esperaba, el calor, las vacaciones, incluso algo sobre el cine cubano de los cincuenta, para por fin llegar al tema sexual.

- ¿Podemos irnos a un lugar más tranquilo papi?- sugirió el joven. Sin contestar y dejando un billete sobre la barra, la pareja se introdujo por el angosto pasillo. Ya en la habitación, por suerte poco iluminada, le vinieron a la mente las palabras del tertuliano de la radio que le puso en la pista de aquel plan.

- La felicidad no existe como tal- afirmaba excátedra- Sólo son una sucesión de momentos de placer, principalmente originados desde los sentidos, que provocan un estado de delirio que calma la ansiedad humana- Y para más INRI concluía – Nuestra obligación moral con Dios o con las leyes de la naturaleza es llevarnos a la tumba el mayor numero de esos momentos que podamos. Derrochar es precisamente no consumar nuestros deseos materiales por pudor o tacañería-

Fueron estas últimas palabras las que animaron a Cisco a aquella situación.

El objetivo estaba claro. Aquella noche colmaría de placeres su deteriorado cuerpo. Pensó en qué era lo que sus apetitos reclamaban y la decisión llegó por si misma. Sexo y gastronomía. Así que sin pensarlo más, tras la siesta se dirigió al Circo, donde sin duda preparan la mejor tortilla de patata de la ciudad y pidió cinco pinchos para llevar. Ignoró la bolsa de rebanadas de pan que correspondía a las raciones porque llevaba en mente pasar por el horno de la Magdalena, de vuelta a casa, y comprar una cañada de aceite para acompañar a la tortilla. Ya en casa arrojó sobre el vaso batidor cuatro dientes de ajo y un huevo que no se molestó en cascar. Lo encendió y fue derramando sobre el un hilillo de aceite de oliva que fue cuajando a la vez que la salsa crecía y se fortalecía. Aunque un día brindó al grito de- Ni un all i oli sin huevo, ni un sueño sin cumplir- Aquella vez la promesa quedaría en saco roto. La urgencia del asunto lo requería. Abrió el pan y dispuso láminas de tomate en la parte de abajo. Sobre ellas chafó la tortilla mínimamente cuajada del Circo y coronó todo con el all i oli recién preparado. Presionó con mimo la parte de arriba del pan circular para que se empapase todo el conjunto. Lo envolvió en varias servilletas y lo metió en una bolsa antes de salir de casa ignorando la presencia de Cinteta, que ya era consciente de que ese día haría sus necesidades sobre el sofá de nuevo.

Las penumbras de la habitación o todo lo que había visto en su experiencia laboral no frenaron al joven cuando al arrodillarse delante del cliente, éste sacó un bocadillo y le asestó un ansioso bocado. Combinar el mejor bocadillo imaginable con el gozo sexual debía ser como llegar al paraíso perdido.

No pasaron dos minutos cuando en la mente de Cisco desaparecieron las lujuriosas visiones y se presentaron los remordimientos. No fue sólo la sensación de explotador sexual, el aspecto moral se perdió antes que el estético, sino el sentimiento de asco que le asaltó, el que hizo retirar violentamente la cabeza del muchacho de su entrepierna. Un cincuentón delante de una criatura, comiéndose un bocadillo de tortilla mientras se la chupaba no era una imagen parta estar orgulloso. Así que sin dar excusas, pagó lo convenido y se lanzó deprisa a la calle, sin mirar atrás. Se adentró en la noche a paso ligero y llegó jadeando hasta mitad del puente de Piedra. Miró y maldijo al Ebro.


- ¿Es qué nunca seré feliz?- le gritó amenazante. Una monótona y suave melodía de agua le ignoró. 

lunes, 27 de septiembre de 2010

Cecina y Aguacate

No podía negarse que aquel trabajo era como otro cualquiera. Un horario determinado, un cometido, un sueldo… Todo sometido a un contrato laboral y dentro del convenio del sector. Pero el último pensamiento que abandonaba la mente de Cisco, cada noche se repetía desde que comenzó aquella tarea, todo es mentira.
Fue pasando los casting como otras veces y, durante dos semanas, las audiciones y representaciones se fueron sucediendo. Lo normal, improvisaciones, lecturas, esta vez incluso alguna prueba de baile. En principio el físico no parecía acompañar a aquel tipo nada agraciado, pero poseía un estilo personal en sus movimientos y le acompañaba un aura especial, quizá causada por la ronca y autoritaria voz; que le situaba con ventaja cuando se trataba de encontrar personajes curiosos. Cuarentón sin ningún rasgo destacable. Barriga bien cultivada sobre piernecillas de alambre. Tipo medio nacional, se decía frente al espejo al afeitarse en calzoncillos. Tarea inútil, pues la sombra de la barba apenas tardaba minutos en rebrotar de nuevo.

Aquella mañana cuidó su higiene de manera especial, pues las eliminaciones dejaban sólo media docena de candidatos, y ese era el día de la entrevista con el director en la que se decidía el reparto. Incluso se abofeteó la cara con loción de afeitar de la buena, la que guardaba para las escasas noches de sábado que salía a probar suerte. Nada le resultó extraño en la agencia hasta que Marga, la secretaria, le hizo pasar al despacho de dirección como otras veces. Junto a la jefa de la agencia se sentaba un personaje que no se parecía en nada a otros directores de teatro que había tenido delante. Vestía traje azul marino y de sus mangas demasiado cortas asomaban unos desgastados gemelos que aparentaron oro en un pasado lejano. La corbata parecía estrangularle un cuello amoratado escondido tras una papada de buey. Pero donde la redondez se hacía más evidente eran en los dedos de las manos que, como pequeñas morcillas de cebolla, jugaban entre ellos haciendo puñetitas y otros movimientos rítmicos.
Tras las presentaciones dos ideas se hicieron evidentes para Cisco. Aquél no era un trabajo normal y no había sido elegido por sus dotes de galán sobre las tablas.

- Pero eso no puede ser legal- respondió el actor tras las palabras del gerente.

- Claro que sí, hombre. Lo tengo bien estudiado- Sentenció el semibuey- Figurante promocional se llama la categoría- Dejó pasar unos segundos, mirándose lo que parecía ser una alianza que embutía el anular- Es como esos que se disfrazan de medievales en las ferias que van por los pueblos y bailan entre la gente, pero en tu caso aun sería más fácil.- Una sonrisa apareció entre sus finísimos labios- Sólo imitar a un pobre diablo, el resto del personaje lo dejamos a tu criterio artístico- sentenció vocalizando socarrón las últimas palabras.

Siguieron hablando de los detalles laborales durante unos minutos antes de despedirse, pero las verdaderas dudas le surgieron cuando se quedó solo y entró en el bar de en frente de la agencia a por el primer carajillo de la mañana. Lo cierto es que el administrador del mercado llevaba razón al exponer la supuesta normalidad de la tarea. Querían a alguien cuerdo que se hiciese pasar por un bobo con dos cometidos claros, alejar a otros tocados de la cabeza que merodeasen por la zona y poner algo de sabor castizo en un recinto que evidentemente lo había perdido. Mezcla de gorila y atracción turística. La Junta de gobierno del Mercado de San Antonio, explicó su administrador, creyó que un actor con aspecto de delincuente sería la solución. Figuraría a ojos de la clientela selecta como un mozo de recados, y se garantizarían un toque estético de bajos fondos que todo buen mercado merece. Además, por el mismo precio, llevaría a cabo una labor de vigilancia en el recinto que, pensaba Cisco untando el segundo churro en el carajillo, de otro modo resultaría carísima y daría sensación de inseguridad.

No sabía si aquella era una idea genial o una locura, ni si era moral o suponía una vejación para su profesión, pero lo cierto es que en aquel despacho no se le fue de la cabeza ni un momento su lamentable estado de cuentas. Dos años sin trabajo. Subsidios agotados y la cartilla tan crítica como sus esperanzas en encontrar algo de lo suyo. Firmó allí mismo sin pensar demasiado. Además las primas por confidencialidad fueron decisivas. En ese punto el gordo había sido tajante. Ni una palabra a nadie sobre su verdadera misión. La rescisión del contrato sería inmediata.

Salió del bar en dirección a su casa, pero pensó dar un pequeño rodeo para pasar por el Mercado de San Antonio. Llegando a la Plaza de San Pedro Nolasco cambió de acera para pararse, como tantas veces, delante de la salida de humos de la pastelería de Los Mallorquines que en aquella hora de la mañana inundaba la calle de olor a hojaldre. Dos minutos allí bastaban para tener la sensación de haber masticado montañas de amarilla mantequilla. Satisfecho continuó hasta llegar delante del arco del mercado.

Mercado San Antonio
 Productos gourmet y ecológicos

Así rezaba el cartel sobre la puerta. Casi no reconoció el lugar. Las grandes puertas de madera rematadas en forja habían sido sustituidas por unas mecánicas de vidrio que se abrían al aproximarse a ellas. Al entrar, un gran pasillo central dirigía al visitante a un gran hall central que antes recordaba como la zona de las pescaderías. El suelo pulido y limpio no parecía el de un mercado, por no mencionar las paredes a las que habían sacado el ladrillo a la vista y cubierto por grandes fotografías iluminadas de lo que fue el lugar décadas atrás. Pero no fue el aspecto pulcro y moderno lo que más le llamó la atención. Aunque el número de clientes era elevado en la mayoría de los puestos, allí no había bullicio. Nadie gritaba al pedir el género, ni ningún vendedor anunciaba mercancía a los cuatro vientos. La acción transcurría como si estuviesen en un Carrefour.

Había llegado hasta allí y no se iba a ir con las manos vacías. Tenía un nuevo trabajo, y eso era para celebrarlo. Calculó la cantidad que podía permitirse y optó por prepararse una combinación que llevaba tiempo rondándole la cabeza. Se dirigió a la charcutería que parecía más selecta en el pasillo central y adquirió un cuarto de kilo de cecina de León, que pidió cortada en virutas.

- No esperaba un corte a cuchillo, pero al menos algo más fino- le dirigió Cisco a la vendedora al extenderle el billete. Ésta lo ignoró y le devolvió los cambios sin dirigirle la mirada directamente. Compró el resto en la verdulería de la entrada y enfiló hacia su casa. Ya debía ser mediodía y sus tripas comenzaban a protestar.

Cinta esperaba impaciente arañando la puerta, pero al entrar en casa, como era habitual, se puso digna y altiva. Dándole la espalda, como si no estuviese esperándole desde hacía horas, se dirigió hacia la cocina sin mostrar su ansiedad. El actor se sentó y contó a su perrita los acontecimientos de la mañana. Eso le ayudó a ver con más claridad lo ridículo de la situación. Un falso mercado de barrio, con compradores y vendedores no muy auténticos y un trabajo que consistía en intentar engañar al mundo durante toda una jornada laboral. Pero a fin de cuentas no tenía nada que perder. Cuando terminó el relató se percató de que llevaba ya tres borjas de garnacha centenaria en el buche y aun no había echado un bocado. Así que mareado por los dulzones caldos se levantó y sacó de la bolsa la compra.

Extendió los largos filetes de cecina sobre el mármol de la cocina y dispuso sobre cada uno de ellos una lámina de aguacate que cortó a conciencia. Estaba en su punto y de color no andaba mal.

-Ninguno como el granadino- Pensó- Cierto que la inversión vale la pena.

Enrolló cada filete escondiendo en su interior su porción de aguacate y sus gotitas de aceite de oliva virgen extra. Los fue amontonando sobre una bandeja que sacó al salón para poder sentarse delante de la tele que no se molestó en encender. Se disgustó al recordar que no tenía pan, pero lo compensó el hecho de que tampoco le quedaban tomates para embadurnarlo, que para él era condición sine quanum. Lanzó un par de los brillantes y rojizos atillos al suelo, y Cinta no tardó nada en atacarlos. El montón restante se elevaba casi un palmo. Le faltó vino para engullir los últimos rollitos, pero la pereza y algo de sentido común le impidieron ir a abrir otra. Se tumbó en el mismo sofá y cayó en un sueño profundo. El telón, fue su último pensamiento, se levantaba de nuevo.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Tostadas de foie fresco con gelatina de Oporto

Buscaba cualquier excusa para tener que pasar el mayor numero de veces posible por la zona de pescadería. Julián, el administrador, estaba empeñado en luchar contra aquel olor penetrante a mar a base de todo tipo de ambientadores químicos; pero la lucha era desigual. Manolo, el pescatero le advertía socarrón que no se puede luchar contra el sobaco de Poseidón.

Cisco Cerrada con su vieja Cinta detrás esquivando los pisotones de los despistados clientes se demoró delante del puesto de Manolo que, afilando el largo cuchillo con lentitud, se disponía a atacar un enorme atún dispuesto yasobre e mármol. Examinaba las posibilidades de corte de la pieza. Primero uno largo ajustado a la espina. Ese era el corte que más le gustaba ver a Cisco, pues al pasar el cuchillo por las fuertes espinas provocaba una extraña sinfonía. Ningún instrumento conocido puede hacer esto, repetía cada día Manolo recreándose ante la clientela. El cuchillo iba y venía rítmicamente marcando una melodía binaria con recuerdos a pasodoble de verbena. Cuando el cuchillo comenzó a buscar la ruta de la ventresca, Cisco dió por terminado el espectáculo y continuó, empujando el palé de cajas de sandías hacia la zona de frutas y verduras.

En el mercado de San Antonio ya casi nada recordaba su antiguo sabor popular. Lo años de especulación inmobiliaria habían convertido el degradado barrio en la zona más snob de la ciudad; y el mercado, famoso por su griterío y tráfico ilegal de casi todo, en un espacio gourmet, como rezaba en un gran cartel a la entrada. Lo único que recordaba su antiguo esplendor de bajos fondos era la serie de fotografías que adornaban los pasillos laterales a modo de exposición.
- Buenos días Cece- Saludó Merche- ya creía que iban a venir solas.
- No me apures que vengo muy quemado- contestó Cisco
- Pues como el día- se sacó un pañuelo del escote y se lo pasó por el cuello sudoroso- vaya bochorno redios, no se levantará el cierzo, no...
La enorme papada se le agitaba a cada movimiento. Reinaba en su puesto lustroso como en un trono dorado. Hasta las judías verdes lucían más delante de ella. Las verduras se disponían en riguroso orden como súbditos el día de la coronación. Ni un melocotón se atrevía a salirse de la hilera y las peras se cuidaban mucho de no visitar el cajón que la reina disponía a las enceradas granny smith.
La jornada transcurrió más o menos relajada, pues en verano eran muchos los clientes que desaparecían de la ciudad hasta septiembre, huyendo del calor de la ciudad. Antes de irse pasó a despedirse de Concha, la charcutera, y a recojer su habitual paquete.

-Hoy toca ahumada, y eso que estamos a día veinte- dijo la vendedora extendiéndole una bolsa - Debe ser por la paga extra, que aún le dura.
Cisco la echó a la caja de fruta que llevaba atada a la parte trasera de la bicicleta y se despidió lanzando un beso. Sabía perfectamente el contenido del paquete. Dos rodajas de mortadela y un panecillo que Doña Angustias encargaba diariamente para que se lo dieran al mozo. Viuda de militar, adoptó a Cisco como su obra social. La única incógnita era saber si la mortadela era de categoria normal o ahumada, eso si, siempre boloñesa. Normalmente la primera quincena del mes la encargaba ahumada y conforme la pensión iba menguando la categoría del fiambre también, pero nunca descendió a la categoría innoble del chopped.

Al llegar a casa se desprendió del sudado mono de trabajo y lo arrojó a los pies de la cama. En calzoncillos entró en la cocina y arrojó el paquete de Doña Angustias al bowl de Cinta , que rápidamente se avalanzó sobre él. No podía imaginar la anciana que aquella chucha que tanto odiaba era la beneficiaria del caritativo bocadillo. Abrió la nevera y sacó un paquete que aun conservaba una cantidad indecente de foie fresco que arrojó sin cuidado el agua que ya hervía hacía rato en la cacerola. Apagó el fuego y esperó los treinta segundos necesarios. Con la espumadera sacó el hígado y lo escurrió. Para laminarlo utilizó una afilada puntilla a modo de bisturí y fue fileteando cada medio centímetro hasta llegar al final de la víscera. La plancha ya estaba caliente y engrasada con aceite. Al echar cada filete sobre ella sonaba el crepitar de la grasa y el olor dulzón anticipaba lo que vendría después. Alternó capas de pan de molde algo tieso con otras de foie y guardó la última para la gelatina que hizo la noche anterior y tenía reservada para aquel sandwich. Se decidió por un cuatro pisos y para acompañarlo eligió una botella de Sauternes bien fría.

Salió al balcón y se sentó saborear su trofeo. La noche no había refrescado. Cinta salió a acompañarle arrastrando con su boca su última media rodaja de mortadela. Abajo, en la calle, grupos de jóvenes bebían cervezas y miraban sus teléfonos móviles sentados en los respaldos de los bancos. Sandwich y botella casi se terminaron a la vez.
-Mañana domingo- pensó- otro más.


Receta Sandwich cuatro pisos de foie y gelatina de oporto
(Para un comensal y preferiblemente en la soledad de una noche calurosa)

Ingredientes:

  • 250 gr de foie fresco (sirve congelado)
  • Aceite de oliva virgen extra para engrasar la plancha
  • Escamas de sal Maldon
  • Cinco rebanadas de pan de molde
  • Un vasito de vino de Oporto (existe la versión que prefiere Pedro Ximénez)
  • Doscucharadas del alga agar-agar
Elaboración:

Llevar a cocción un vasito de vino de Oporto y cuando comience a hervir retirar del fugo e introducir dos cucharadas de agar-agar. Disponer la mezcla en un recipiente donde el líquido alcance la altura deseada para el grosor de la capa de gelatina. Dejar enfriar.
En una olla con agua hirviendo y ya con el fuego apagado introducir el foie entero durante treinta segundos. Se saca y se seca con un paño limpio. Filetearlo el láminas de medio centímetro. Engrasar con aceite una plancha y calentar. Asar los filetes y tostar un poco el pan en la grasa que vaya soltando el hígado sobre la plancha.

Montaje:

Disponer en capas las rebanadas de pan con las de foie, ahora es el momento de añadir las escamas de sal al gusto. Reservar uno de los pisos para la gelatina que de este modo no entrara en contacto directo con el pan.
Una vez levantado el edificio, y esto es voluntario. Presionar con la palma de la mano y no muy fuerte desde el piso de arriba, para que los jugos del hígado impregnen el pan y se mezclen con la grasa que empapó el pan sobre la plancha.
Facultativo acompañar con vino blanco dulce (sería un escándalo que no fuese Sauternes, pero ...)

sábado, 18 de septiembre de 2010

Receta de galletas de chocolate o bautismo negro de campurriana

Como me he despertado con el recuerdo de las galletas campurrianas que desayunaba sumergiéndolas en leche en mis tiempos de Universidad, he decidido intentar fundir su receta con un ingrediente que creo que le va de lujo, el chocolate.

Ingredientes:

preparando el montaje
Para las galletas:
  • 250 ml aceite de oliva virgen extra
  • 50 gr azúcar blanco
  • 50 gr azúcar integral de caña
  • 16 gr levadura química
  • 500 gr harina de trigo
  • 200 ml zumo de naranja
Para la cobertura:
  • 60 gr mantequilla
  • 125 gr chocolate de cobertura

Elaboración:

Mezclar todos los ingredientes hasta obtener una masa muy suave y elástica.

mi extraño compañero
 Dividir en porciones con forma de galleta y distribuir en una bandeja de horno sobre papel de hornear.

total 46 pequeñas y dos monstruosas

Introducir en el horno previamente caliente unos veinte minutos a 180 grados.
Dejar templar las galletas mientras se funde el chocolate y la mantequilla al baño María.

tostaditas lo justo

Cuando la cobertura se atempere depositaremos una generosa chucharada de la misma sobre cada galleta.

esperando el bautismo de chocolate

Dejaremos enfriar el resultado y lo conservaremos en un bote hermético.


aquí ya están consagradas



detalle de lujo, vaya brillo!!

jueves, 16 de septiembre de 2010

El futuro es nuestro si no muere el all i oli

Son muy comunes entre el gremio de los historiadores las expresiones "Historia maestra de vida" o más en detalle "la Historia ayuda a entender el presente y a proyectar el futuro". Personalmente, y como miembro cada día más desafecto de la profesión estoy más o menos de acuerdo con ello. Más o menos porque lo cierto es que se quedó en una abstracción muy bonita, pero nada más.
Como buen representante de una generación que se educó con la televisión (y gracias a ella), necesitaba algo más práctico para que me ilustrara esa teoría. ¿Qué aprender de una batalla, de un orden social, de una decisión política, de una crisis económica ...? Lo cierto es que me costaba mucho ver el valor práctico del conocimiento del pasado para mejorar el mundo. Pero el otro día un ejemplo cotidiano me ayudó a entender la idea en todas sus facetas, nada menos que la receta de la salsa reina, el all i oli.

Mi relación con la salsa comenzó en mi infancia, claro está que como aragonés, ésta venía con otra denominación: ajoleo. Mis primeros recuedos familiares se encuentan en torno a una mesa de domingo, donde mi abuela y las mujeres de la familia (el machismo de aquellos tiempos lo machacaremos otro día) alternaban cada semana rancho de caracoles o de conejo, y los días especiales de las dos cosas. Pero lo que recuerdo con mayor claridad eran los varios platillos que, dispuestos en la mesa para que todo el mundo los pudiese alcanzar, rebosaban una pasta amarilla y muy espesa. Lo cierto es que en la zona de los niños era raro ver el ajoleo porque, imagino, lo consideraban un sabor demasiado fuerte para nuestros paladares. Por eso les extrañaría cada vez que yo me levantaba y sigilosamente, miga de pan en mano, me acercaba para untarla generosamente. Recuerdo el picor, la fuerza, pero sobre todo el olor que violentaba mi naricilla. Una sensación agresiva que me causaba un placer nunca olvidado. Masoquismo infantil.

Los años pasaron y las reuniones familiares se hicieron, cada vez, menos frecuentes. Con el cambio a la adolescencia y sobre todo en mi juventud, mi relación con el ajoleo cambió. Llegaron a casa, regalo de familiares emigrantes a Alemania, los avances tecnológicos, y con ellos un enemigo de mi salsa, el huevo. Si se prueba a hacer un all i oli con batidora eléctrica se comprobará lo que digo. Aceite de oliva, muchos ajos y pizca de sal. Apretamos el botón de On y no pasa nada, aquello no emulsiona. Surge un líquido blancuzco que nadie sería capaze comer. Por ello se introdujo el huevo (los más refinados sólo lo hacen con la clara). De este modo la elaboración es muy fácil y el resultado es más suave y menos agresivo.
Pero ¿Eso es all i oli? La respuesta no puede ser otra, de ninguna manera. La nueva salsa ya no es pastosa, su olor a ajo apenas se aprecia, y su suavidad hace posible que incluso un niño pueda disfrutarla. Pronto esta nueva versión se impuso no sólo en los hogares españoles, sino lo que es más grave, en nuestros restaurantes, perdiendo la vieja pasta amarillenta su lugar en nuestras cocinas.

Fue hace un año cuando me reenconte con mi viejo amor, al que casi había olvidado. Mi vida, creo que como todas, pasa deprisa y no tenía tiempo de pararme a recuperar las sensaciones del pasado, no era práctico y no servía para nada más que para ponerme triste por el tiempo perdido (Guiño joiciano, que no plagio). Pues bien, un amigo que vivía por entonces en Fraga nos invitó a un grupo de Zaragoza a comer en una masía tradicional cercana a Lleida los divertidos calçots, que deboramos con ansiedad. Cual fue nuestra sorpresa al enterarnos que aquello no era nunca plato único, sino el entrante. Así que fui obligado a pedir un plato más (vaya castigo para mí). Aproveché para elegir mi preferido de la gastronomía catalana: montxetes amb botifarra (en este caso la pedí negra). Pero ni los generosos calçots, ni el jugoso embotit pudieron hacer fete a lo qe acompañó el plato principal. Ya había metido tenedor y cuchillo en el plato cuando el camarero puso cerca de mí un platillo con all i oli. Aquello no se parecía en nada al que llevaba años consumiendo. Las sensaciones que se sucedieron fueron violentas. Volvi décadas atrás. Mi familia rejuveneció. Incluso alguno de los que ya no están regresaron para la´ocasión. No pude menos que llorar (disimulando en el lavabo, que uno tiene su pudor), pero no de pena.
Comprendí de golpe que todo lo que yo era en esencia se forjó en torno a esas mesas. Mis valores, buenos o malos se gestaron en el seno familiar. Y siempre con un invitado común: ajoleo. En la masia catalana entendí el para qué de conocer la historia de manera ejemplar. Ya no era una abstracción, ni tan siquiera puedo explicarlo, pero sé que esa visión del pasado me hizo conocerme mejor, comprender mis raices, volver a recordar los proyects de un niño, que se fueron perdiendo con el tiempo, transformándose en otros cada vez menos ambiciosos y con más huevo.
Tomé una decisión. No sé si me ayudará en la vida o me la harámás difícil, o quizá las dos cosas, pero a partir de entonces un lema ilumina mi camino: ni un all i oli con huevo, ni un sueño abandonado 

domingo, 12 de septiembre de 2010

Arqueología de Zaragoza

Esta mañana de domingo en la Plaza San Bruno cayó en mis manos. El gitano me pidió por aquel legajo los habituales diez euros, que pague sin rechistar. La mayoría de las veces los documentos no tienen el menor interés, anotaciones pesonales, cartas privadas, notas íntimas ..., pero esta mañana encontré una mina en ellas. Se trataba de un diario manuscrito de principios de los ochenta, deduje aunque venían sin fechar. Calculando referencias temporales el autor andará hoy, si está vivo, por los cuarenta y cinco años. Lo leí de un tirón sin levantarme de la mesa de la terraza durante dos vermouths con sifón, y olvidando la comida dominical me dirigí a intentar recorrer el itinerario que me proponía desde unas décadas atrás.


(Transcripción del diario de un adolescente encontado en una parcela desalojada en el año 2010 en el barrio de Torrero de Zaragoza)
     
          "...pero lo mejor llegaba los domingos. Mama nos pasaba revista a papa y a mí en la puerta de casa. Nos miraba de arriba a abajo y no nos dejaba salir a la calle hasta que no se aseguaba de que íbamos como dos pinceles (eso era lo que decía). Casi todos los vecinos preferían pasar la tarde pegados al transistor escuchaban el partido del Zaragoza, pero nosotros, cada domingo, seguíamos la misma ruta.
Bajábamos caminando hasta el canal y nos subíamos al tranvía que el domingo solía ir casi vacío. Al llegar a la altura de Los Espumosos nos mirábamos a los ojos y mi padre, con un guiño, daba la señal de asentimiento. No me atrevía a preguntar si hoy tocaba por si me decía que no, pero yo llevaba todo el día rogando por que así fuera.


El ruido de vajilla y tenedores no nos dejaba hablar, y era tanta la gente que había por las tardes que alguna vez tuvimos que salir sin poder pedir. Lo normal es que al cabo de unos minutos lográbamos ganar un pedacito de barra, donde colocábamos la cerveza fría de mi padre y mi vaso de cocacola, y entre las dos bebidas, el camarero nos servía el platillo de ensaladilla. El refresco me hacía llorar de picor en la garganta, pero se me pasaba con la rica mayonesa que cubría la ensaladilla. Mi padre comía directamente del plato y a mi me gustaba hacer montañitas blancas sobre las rebanadas de pan, y las engullía de un bocado.
El recorrido de la merienda seguía como un rito. Después de la esaladilla venía el bocadillo de calamares del Calamar Bravo, que yo volvía a pedir con mucha mayonesa y mi padre con mucho picante, tanto que allí solía pedir una segunda cerveza.


Al salir del bar ya era de noche y nos llegábamos hasta la puerta del cine Coliseo para ver el cartel que anunciaba la película de la semana. Después volvíamos a casa y encontrabamos a mama cosiendo delante de la tele, o con alguna de mis tías contándose chismes. Nos sonreía (yo creo que siempre supo nuestro secreto) y preguntaba
-¿Qué tal la película?"


Texto genial ¿no?, eso pensé. Así que me dirigí al encuentro de las huellas del diario.

Los Espumosos: Local ubicado en el Paseo Sagasta. Cerrado desde el año pasado por un incedio tras unos años de decadencia en los que perdió su señorío y el sabor de su blanquísima mayonesa. Me he informado y con sorpresa puedo anunciar que esta semana se produce la reapertura de la mano de unos nuevos dueños que prometen entre otras cosas el retorno de la afamada ensaladilla. Allí estaremos viejos y nuevos añorantes, la cita es el mismo jueves, ya tengo ansiedad, que vayan enfriando la cerveza, si alguien quiere acompañarme que lo diga, si no, me tendré que enfrentar sólo a la gran montaña.

El Calamar Bravo: La historia es algo más triste, porque al cambiar de ubicación, de la calle Moneva a un local nuevo y ventilado de Cinco de Marzo, ha perdido todo el sabor. El bocadillo está bueno, los calamares siguen en su punto secreto, pero el ambiente falsete lo rebaja de nivel mítico a bar bueno, nada más.

Cine Coliseo Equitativa: Esto si que es triste. Donde antes desfilaban los grandes del celuloide, hoy lo hacen adolescentes que gastan sus ahorros en ropa barata de una marca española que fabrica en países pobres. Me dicen que han respetado el mobiliario de la sala de proyecciones, dando un toque original a la tienda, situada en el Paseo Independencia. Pero yo creo que no entraré, pensándolo bien, prefiero imaginar a un padre de la mano de su hijo, con las comisuras de los labios escurriendo mayonesa, aprendiéndose el título de la película e inventando el argumento que contarían al llegar a casa.

David  
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